miércoles, 28 de junio de 2006

EL SENDERO DE LOS DIOSES ANTIGUOS

Hola a todos

aqui va otro viaje hecho a tráves de nosotros de www.shinesicily.com

Gracias a todos de verdad por demonstrar entusiamo en viajar a sicilia.

Maria paz dijo:

No sabía si titular este relato así o “El caprichoso azar”. Ahora lo explicaré: el origen de este maravilloso viaje que hemos hecho tres chicas y un chico a Sicilia tiene su lugar en una espantosa película, de esas a las que uno va a veces por equivocación. Después de pasar toda la película medio dormida, me desperté casi al final, cuando estaba terminando, y he aquí que apareció ante mis ojos un lugar espectacular: un mar azul turquesa, en una cala de ensueño. En los créditos finales no se decía dónde estaba rodada la película (esa parte del final); pero nos pareció tan espectacular que mi compañero fatigó internet durante varios días descubrió que se había rodado en lo Zíngaro, una reserva natural al lado de Scopello, un pueblecito al noroeste de Sicilia, del que, para ser sinceros, no habíamos oído hablar.

Entonces nos entraron ganas de volver a Sicilia (habíamos estado hace catorce años) y cuando empezamos a preparar el viaje y no sabíamos muy bien por dónde empezar (sólo teníamos claro que no queríamos ir en el típico viaje organizado de mayorista), oh, segunda casualidad, encontramos la web de Shyne Sicily, pareciéndonos más que interesantes la página en si y las propuestas de Boris Bonanno, su promotor. Nos pusimos en contacto telefónico con él, y después de lanzarnos varias ideas, nos aconsejó el recorrido idóneo para poder ver ese sitio de ensueño y dar de paso, claro está, una vueltecita por la isla. Francamente fue un flechazo: su simpatía y conocimiento de la isla hizo que nos pusiéramos en sus manos sin dudarlo.

Aterrizamos en Palermo, donde ya nos esperaba en el mismo aeropuerto el coche de alquiler y fuimos directos a Scopello. Antes de subir a la que sería nuestra casa durante tres días, preferimos cenar y entramos un restaurante muy particular (del que luego hablaré); ya reconfortados física y espiritualmente después del largo día de avión y coche, alcanzamos la primera de los “casales” donde Boris nos había reservado, “el casale Corcella”. Era de noche totalmente cerrada; después de subir por una pista que se nos antojó eterna, alcanzamos el recoleto lugar, tan bonito, que no parecía posible; unas tenues luces iluminaban una casa de piedra; veíamos unas hamacas vueltas hacia la costa, e intuíamos la montaña detrás y la bahía a nuestros pies.

A la mañana siguiente pudimos contemplar el lugar en todo su esplendor. La casa está en lo alto del monte rodeada por árboles y desde ella se divisa un gran prado verdísimo que cae casi vertical sobre el golfo de Castelmare, de un profundísimo azul. Todas las mañanas bajábamos hasta el pueblo dando un paseo, aparte de para disfrutar del mismo, para que el coche no sufriera tanto por la pista de tierra (que todo hay que decirlo) y aseguro que nos parecia a los tres que teníamos la suerte de bajar andando, de estar dando un paseo por la perdida Arcadia: es un camino rodeado de almendros, limoneros, naranjos, olivos... envuelto en un “profumo” inigualable; todo hacía del sitio un lugar particularmente hermoso: lo llamábamos el camino de los dioses.

Desde Scopello mismo, el primer día ya de visitas, fuimos a Erice, Trapani y la isla de Mozia. Erice quizá sea un poco más turístico de lo que recordaba, pero tan hermoso..., Trapani, agradable; pero lo sorprendente ha sido la isla de Mozia: ya el alcanzar la isla, en esa barquichuela, viendo las maravillosas salinas y los coloristas molinos pintado de fulgurante rojo, hubiera valido la pena, pero además, está la propia isla, con sus relajantes paseos, sus jardines perfumados, sus humildes ruinas, que sin embargo, creedme, me hablaron, en mayor medida que las de Agrigento o Selinunte. El tiempo se detiene en Mozia, y la pena es tener que abandonarla para seguir camino.

Al día siguiente, también desde Scopello, visitamos la reserva de lo Zingaro, el sitio donde más ilusión nos hacía ir, la estrella del viaje, el origen del mismo. Cuando salimos del túnel que nos llevó a la reserva, mi compañero y yo dijimos al unísono: “No puede ser verdad, es como en las películas”. Ciertamente no he visto otras aguas de un color más puro y refulgente. Caminar por el sendero hasta San Vito lo Capo y bañarse en las solitarias calas ha sido realmente un placer pocas veces experimentado, algo muy gozoso: zambullirte en esas aguas turquesas, cristalinas, límpidas, casi nos parecía un poco una blasfemia, porque “il posto” es digno de la propia Afrodita....).

Después, fuimos a visitar el templo de Segesta. Casi no podíamos ya con tantas sensaciones: al llegar ya casi a la puesta de sol, no había apenas turistas; el camino es tan bonito... con esas colinas suaves y redondeadas y matizadas de verde. Subir hasta el teatro también mereció la pena, con la vista de la mancha azulada del mar, los valles ya a la luz del atardecer y la autovía serpenteante, que parece desde arriba otro monumento clásico.

Y que decir de las cenas... las tres noches que estuvimos en Scopello cenamos en el Ristorante “La terraza”, gestionado por Francesco. En este punto del relato seguro que el lector piensa que exagero, pero las cuatro personas que hemos viajado juntas coincidimos en que no hemos probado unos “spaghetti allo scoglio” (con frutos de mar), más ricos; y esto en una terraza, con una espectacularísima vista sobre el golfo, con limoneros y bungavilla, y música de Nino Rota, y a unos precios moderados. Yo al menos no le puedo pedir más, ya no a un viaje, sino a la vida. Scopello me dejado y creo que también a mis tres compañeros una huella indeleble.

La siguientes visitas, camino de Agrigento, fueron Marsala y Selinunte. Arrastré a mis compañeros a Marsala porque quería ver el museo arqueológico y los restos de la única nave púnica que hay en el mundo: la verdad es que dicha nave les resultó un poquito decepcionante (reconozco que son cuatro tablas ennegrecidas) pero nos compensó lo agradable del paseo por la ciudad y, claro está, como siempre en cada viaje hay un parte romántica, hicimos nuestro pequeño homenaje a Garibaldi y sus mil camisas rojas en la Puerta del Mar.

Selinunte fue otra parada inolvidable. Recorrimos el recinto arqueológico, los templos y la acrópolis, los vestigios de la antigua calzada, pero lo el recuerdo más intenso que ahora tengo fue el paseo en el “trenino”, guiados por un jovenzuelo encantador, hasta las ruinas del santuario de Deméter Malophoros, consagrado a la diosa de la fertilidad de los campos. Cómo siempre, en cuanto te alejas unos metros, los sitios están curiosamente despojados de gente. El lugar parecía desolado, otra vez, humildes ruinas, pero en su humildad extrañamente más evocadoras que las grandes, las majestuosas.

Antes de llegar a Agrigento hicimos una parada en Caltabellota: con un trazado urbano poquísimo transformado, con unas panorámicas maravillosas sobre la costa, realmente nos pareció que hacía honor a su nombre antiguo, “Triokala”, que significa las tres cosas hermosas (abundantes manantiales de agua, campos fértiles y una situación inexpugnables). Ver anochecer a lado de la chiesa madre, ha sido también una de las experiencias fuertes del viaje.

Por fin, llegamos a Agrigento (donde no teníamos reservado allí ningún alojamiento). Gracias a las buenas informaciones de Boris no tuvimos problema ninguno en encontrar un lugar agradable en pleno centro. Lo peor, el infernal tráfico: habíamos pasado en pocas horas de Deméter a su yerno, Hades, porque realmente el tráfico en general en Sicilia y, en particular, en Agrigento y otras ciudades, es como estar en el infierno. Pero, como siempre, hubo una mano amiga: desde aquí tenemos que dar las gracias a la policía de finanzas de Agrigento; no puedo contar toda la historia porque es larga y prolija, sólo insisto en nuestro agradecimiento.

Del recinto arqueológico de Agrigento diré sólo que es hermoso, hermosísimo, los templos siguen ahí, majestuosos, siguen siendo el exponente de ese pasado histórico, pero el día de la visita se debieron concentrar todos los turistas que había en Sicilia en ese recinto arqueológico...

Aún tuvimos tiempo por la tarde de visitar la playa “Scala dei Turchi”, que encontramos con esfuerzo; se que me repito y me repito, pero otra vez, apareció un siciliano como de la nada, para guiarnos con su motorino hasta la misma entrada. El lugar es un tanto peculiar, no se si puede decirse bello exactamente, pero si, especial, extraño totalmente solitario: un acantilado blanco adentrándose en el mar. A mi si me conmovió la blancura de sus rocas ya tornándose rosadas en las últimas horas de la tarde.

Y después de ese relajo, emprendimos el camino a la preciosa, desconocida y maravillosa ciudad de Módica. Nos costaba encontrar el alojamiento... otra vez la misma historia: unos chicos nos condujeron a la misma puerta del albergo, “I tetti del siciliando” otro lugar agradabilísimo; el propietario nos dio indicaciones excelentes para el día siguiente y, así, visitamos lugares que no llevábamos en el programo: Scicli y Sampieri. Scicli fue un descubrimiento: como dice Elio Vittorini, “esa barroca ciudad coronada por templos a la manera de acrópolis” ha sido fascinante, y Sampieri un pueblecillo marinero de los que ha , al menos en España, no queda ninguno. Ragusa también nos gustó, aunque debo reconocer que el cansancio iba apoderándose de nosotros.

Seguimos avanzando hacia Catania y la maravilla, en cuanto a alojamiento (el tercero que nos organizó Boris), fue “la casa de Pippinito” en un establecimiento de agroturismo. Después de llevar ya seis días o siete en Sicilia, no hubiera debido sorprendernos, pero a pesar de ello, Cesare, el propietario de la finca fue un anfitrión excepcional. Nos hizo algunas recomendaciones respecto al Etna y nos sugirió una buena alternativa a la idea que llevábamos, resultando así la excursión muchísimo mejor. Por la tarde visitamos Taormina. Me volvió a encantar su teatro y los restos del castillo, también la ciudad aunque, uf, parece a veces, con perdón, unos grandes almacenes. Mis amigas querían visitarla y bien está, porque todavía se puede pasear por lugares solitarios: las inmediaciones del castillo, los jardines de la villa comunale, el ninfeo, alguna callejuela....

Casi exhaustos, alcanzamos Palermo. Desgraciadamente sólo tuvimos unas pocas horas para deleitarnos en su fastuosa catedral, su capilla Palatina, el encantador San Giovanni degli Eremiti...Terminamos el viaje durmiendo en la costa, en Capaci, para estar ya cerca del aeropuerto, y aún pudimos disfrutar del último baño en el mar y de una buena cena. Nos han quedado muchas cosas por ver: conocer Palermo de verdad, hacer la ascensión al Etna, la Villa Casale de Piazza Armerina, la Necrópolis de Pantalica (llevábamos ambas en el programa, pero no ha sido posible), quizá Stromboli... en fin, tantos sitios aún donde seguir disfrutando de Sicilia.

Para terminar este diario que puede parecer extenso, pero es una mínima parte de un viaje perfecto, quiero dar a las gracias, en primer lugar a Boris, por su conocimiento de la isla y sus sugerencias y recomendaciones, a Miguel Reyero, por su espléndida guía de Sicilia, a mi amiga Virginia, sin la que no hubiéramos visto tantas cosas (era la conductora), a Malena y a Enrique por su simpatía, y, sobre todo, a todos los sicilianos, de quienes guardaremos un recuerdo inolvidable. Y si la fortuna nos lo permite, volveremos pronto, a todos esos sitios, y también a Scopello a saludar a Francesco y disfrutar de su hospitalidad y gentileza.


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1 comentario:

  1. Muy bonita tu crónica sobre el viaje a Sicilia. La nuestra (www.panticutos.blogspot.com) es casi solo gráfica.

    Saludos
    lauzista

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