jueves, 2 de agosto de 2007

CRÓNICA SICILIANA

(Articulo escrito por JUAN CAL). “Los atlas dicen que Sicilia es una isla y debe ser cierto porque los atlas no mienten, pero entran ganas de dudarlo”. Quien esto afirma es Gesualdo Bufalino, escritor siciliano. Otro siciliano ilustre, el pintor y célebre comunista Renato Guttuso que retrató como nadie el abigarrado y popular aliento de la Vucciría, dijo que “en Sicilia puede encontrarse de todo, menos la verdad”. Finalmente, Leonardo Sciascia, pone en boca de uno de los personajes de “El consejo de Egipto” que “Sicilia constituye en sí misma una impostura jurídica, literaria, humana”. Impostura, mentira, espejismo, ¿quién sabe? Lo que parece fuera de toda duda es que Sicilia es un continente inmenso, variado, diverso y superpuesto en el que caben paisajes, gentes y culturas no sólo diferentes, sino contradictorias… opuestas.

Preparamos nuestro viaje minuciosamente, como siempre, durante todo un año, nada más finalizar el último viaje y mientras saboreamos los recuerdos de Corfú, de Itaca, Cefalonia, del mar cálido adormecido todavía por el eco de las aventuras de Ulises. Nos tenemos –quizás pretenciosamente- por algo más que turistas. O, dicho de otra forma, como los turistas de finales del XVIII (“viajamos al país donde florecen los limoneros”, Goethe) aunque sea ya muy poca cosa la que queda por descubrir. Hace años que programamos nuestros viajes como una expedición tras la huella de nuestros antepasados griegos y romanos por el Mediterráneo y es lógico que acabásemos llegando a Sicilia, la más griega de todas las islas, mitad Jónico, mitad Tirreno y un brazo extendido hacia África (Fenicios, Cartagineses, árabes).
Llegamos a la Roverella, en Marina di Ragusa, la casa que Boris nos había seleccionado para la primera semana de estancia, ya de noche, mucho más tarde de lo que recomiendan las más elementales normas de cortesía. Daba igual, Lorenzo esperaba atento y cordial y nos acomodaba en una casa acogedora en cuya piscina refrescamos las prisas y sudores del viaje desde España.
El primer día de inmersión en las luces infinitas, deslumbradoras, de la isla, lo dedicamos a Siracusa, más bien a Ortigia que merece una jornada entera de visita. Bella, luminosa, con la plaza del Duomo resplandeciente al mediodía. La catedral, que alberga en su interior los secretos de la civilización helénica y de la longevidad de la Iglesia católica, aunados en piedra calcárea. Callejeamos y comimos en Archimede (pez espada, pasta con almejas con un excelente “nero d’avola”), familiar y tranquilo, sobre todo al mediodía. La jornada finalizó, como casi todas las que permanecimos en la Roverella, con una cena en la terraza y una larga sobremesa siguiendo apasionados las excursiones cinegéticas de una familia de salamanquesas y profundas reflexiones sobre la atracción de las víctimas por sus verdugos.
La Roverella sirvió como base para las excursiones más “naturalistas” del viaje. La reserva del Vendícari (la torre y las salinas, con toda clase de aves chapoteando en la laguna), Portopalo de Capo Pésaro, el lugar más al sur de Europa, la reserva del fiume Irminio, fueron algunas de las excursiones, baño incluido, que combinamos con la aproximación al barroco de Scicli, Ispica, Noto, Modica y, sobre todo, Ragusa Ibla fijada a la montaña por los rayos del sol. Ante su “Circolo de conversazione” (¡qué nombre para un ateneo!), en pleno Duomo, refrescamos la tarde con un “canoli de crema” y una “granita de limone” (per mangiare, no per bevere, precisó la dependienta). La Ricotta, “dolce e morbida”, -afirmó el tendero con ese italiano de ópera- fue el componente principal de nuestros postres sicilianos aunque sin olvidar el punto amargo de los pasteles de “mandorla” o las dulcísimas “casate”.
Una nueva visita a Siracusa para degustar con mayor detalle sus joyas arqueológicas (museo incluido) y una larga excursión a Piazza Armerina para visitar la villa romana del Casale y conocer sus delicados (horteras, según Lawrence Durrell) mosaicos habrían puesto fin a la primera parte de nuestra estancia en Sicilia de no ser por la invitación de Boris a participar en una actividad gastronómica en Cavalusi, cerca de Santa Croce Camerina, con la familia Campo. Vito, Giulia, Davide, Gia y la nonna nos recibieron en su casa como si fuésemos unos viejos conocidos a los que se agasaja y a los que se permite participar en las tareas domésticas: hacer el pan, preparar todas las especialidades, dulces y saladas, que pueden envolverse en una pasta de harina (focaccia, pizza, testa di turco, cassatine) y cocerse en un horno tradicional, calentado con leña, mientras se deshacían en atenciones con nosotros y nos explicaban –con un punto de misterio- el incendio que apenas una semana antes había calcinado los bosques circundantes y algunos de los sueños de Vito, pero dejando incólume su optimismo ante la vida.
Los vecinos, Paolo y Francesca, se sumaron a la fiesta que concluyó con una interminable cena en la que, además de dar cuenta de todas las viandas preparadas durante la tarde, degustamos un rosso excelente y acabamos la noche con una reñida votación para decidir si era mejor el limoncello de Giulia o el de su encantadora vecina Francesca. Amargo y picante uno, dulce y suave el otro, reflejo del carácter y la mirada de sus autoras.
Finalizamos la primera semana de nuestra estancia y partimos hacia San Vito lo Capo, donde Boris había recomendado nuestra segunda estancia para recorrer el noroeste de Sicilia pero más cerca de la naturaleza y, sobre todo, del mar que allí adquiere todas las tonalidades del azul; turquesa, ultramar, prusia. De camino hacia San Vito, y después de recorrer lugares de aspecto tejano o con nombres de resonancias mitológicas, nos detuvimos en el valle de los templos de Agrigento que recorrimos con la compañía alegre de las cigarras y la sensación de percibir, más cerca que nunca, la huella de nuestros antepasados. Tras un paseo agotador por la inmisericordia del sol, volvimos tras nuestros pasos apenas unos kilómetros, siguiendo los sabios consejos de nuestros amigos de Cavalusi, para rehacernos en un lugar –l’Agora en Villaggio Mosè- con aspecto impersonal pero de sabores memorables.
Llegamos a San Vito con tiempo para contemplar la primera de las puestas de sol que, desde la casa del Limone, dejaban el cielo con colores tornasolados y el mar de un profundo azul prusia. Como la naturaleza es sabia, cada día nos sorprendía con pequeños cambios en el espectáculo. Hoy una nubecilla cubría el sol, mañana se teñía de melocotón de agosto y pasado apenas despuntaba entre un cielo empedrado. Cada atardecer diferente, crepitando en el horizonte.
Como buenos viajeros dedicamos la primera jornada a explorar los alrededores y visitamos la reserva de lo Zíngaro, nos bañamos en sus playas transparentes y pasamos apenas unos minutos en la grotta de l’Uzzo, donde se encuentran huellas de los primeros pobladores de Sicilia e hicimos nuestra primera aproximación a la gastronomía trapanesa (pasta con sardinas y cus cus de pescado) en una modesta, pero honrada trattoria de San Vito. Había que prepararse para uno de los platos fuertes del viaje: la visita a Palermo, la ciudad inmensa, caótica, que atemorizaba incluso a quienes ya contábamos con la experiencia de conducir por Nápoles. Decidimos comenzar la visita por Monreale y fue un acierto. La catedral, de estilo normando, nos abrió las puertas de la cuidad que se extiende a sus pies y nos facilitó la entrada por Vía Vittorio Emmanuele. Palermo es una de esas ciudades mediterráneas –como Nápoles, Marsella, Barcelona, Estambul y también como Oporto (un trozo de Mediterráneo fugado al Noroeste)- señorial y canalla, portuaria y noble, contradictoria pero bella y profundamente viva. Más que cualquier otro monumento, iglesia o palacio, es el mercado de la Vucciria, oloroso y fuerte, vital y amenazador, el símbolo de la ciudad. Los hombres sentados en la calle jugando a cartas con el dinero apenas entrevisto y los naipes doblados. Salimos, impresionados, cautivados por su decadencia secular, casi huyendo de una ciudad que te retiene en sus arterias principales, no te deja avanzar ni retroceder. Hay que volver y pasar varios días en Palermo, pensamos.
Había que rehacerse de las emociones de Palermo y nada mejor que una tranquila jornada en Trapani y Erice, donde había poco que ver y mucho que pasear. Comimos antes de subir a Erice en el restaurante “Taverna Paradiso”, de evocaciones cinematográficas. El paseo vespertino por Erice, ciudad ordenada como detenida en el tiempo, hermoso y fresco dominando desde lo alto toda la región.
Faltaba uno de los hitos del viaje, la visita a los templos de Selinunte y Segesta, las dos ciudades antiguas cuya rivalidad supuso la destrucción de ambas. Recorrido a pie, bajo un sol de justicia, entre las piedras antiguas, sobrecogedoras, de Selinunte. Baño en el mar, al pie de la vieja ciudad, junto a la desembocadura de uno de los dos ríos que bañaban la ciudad y protegían sus murallas. Por la tarde, ascenso hasta Segesta, con el templo dominando un valle feraz y amplio. Falta una visita a Mothia, la ciudad púnica, la isla en la laguna de Marsala, las salinas, la propia ciudad limpia y ordenada, tan poco siciliana, donde nos damos un festín en la trattoria Garibaldi.
El esfuerzo merece recompensa y nos concedemos un día de fiesta, en la playa de Makari, contemplando como el rebaño de Polifemo se oculta, para huir del cruel mediodía siciliano, en una gigantesca cueva al pie de la roca que preside el lugar.
De vuelta a Catania, hacemos un alto en Cefalú, donde un breve recorrido por la ciudad nos permite reconocer las casas sobre el mar de “Cinema Paradiso”, las calles abigarradas y llenas de turistas, la catedral de estilo normando y el Pantocrator con ese Cristo que supuestamente condensa el canon del hombre siciliano.
Catania, aún más caótica y desordenada que Palermo, nos recibe hostil, un poco al estilo de su gente, menos acogedora y franca que la de Palermo. Debemos llegar a un albergue en el centro, junto a la plaza de la Universidad y no resulta fácil en una ciudad donde no se puede perder de vista el más mínimo detalle mientras se está al volante. Paseo vespertino por el mercado del Pesce, casi desierto, por Via Etnea –con el volcán humeante amenazando sobre los tejados- y auténtico festín en el restaurante “El Mare” -agradable, familiar, encantador-. Un digno colofón para un viaje difícil de olvidar.
La verdad, como un latigazo, estuvo al alcance de nuestros ojos a través de un artículo en “Il Corriere di Sicilia”, valiente y comprometido, sobre asunto del que nadie habla pero que atenaza las buenas voluntades.
Ángel, Clara, Juan, Mariajosé y Marta


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