jueves, 15 de mayo de 2008

Scicli: Maravilla Barroca del Sur Este

Desde hace años estamos convencidos que la pequeña SCICLI sea uno de los pueblos más autenticos del Sur Este de la Isla (la zona patrimonio de la humanidad por su barroco), más quizás de Noto y Modica y de igual belleza de Ragusa Ibla, pero todavía conservando una vida de pueblo muy autentica y original, cosa que lamentablemente Ragusa Ibla va poco a poco perdiendo por la llegada del turismo.Algunos nuestros viajeros nos han enviado este pequeño comentario sobre este pueblo que nos hacen pensar que tenemos razón en seguir aconsejando una visita a Scicli aunque seguramente no está indicada con 'estrellas' en las guías de viajes

Carmen Hernandez y su marido escribieron:
La carretera hasta llegar era sinuosa y lucía el sol. Olivos, barrancos y campos de cereal. La primavera te llegaba por todos los sentidos.
Aparcamos cerca del centro del pueblo sin dificultad y al llegar a la plaza del pueblo: la sorpresa.
En una pérgola improvisada los jubilados desocupados jugaban la partida de cartas, al lado tres camiones aparcados con cámaras de cine, cables y micrófonos, la policía curioseando más que vigilando, medio pueblo expectante mirando cómo se montaba la cámara, el travelling, la pantalla, el sonido, los actores. Un circo, vamos.
En la pared de un edificio, una placa "Questura di Montelusa". ¡Coño, pero Montelusa ¿no es donde trabajan los jefes de Montalbano!?
¡Pues claro, estaban filmando una película del comisario Montalbano! Ya es casualidad.
Por si quedaba alguna duda, un caballero pregunta; "Dove è Catarella?"; " Catarè, non ce!", "Porca putana".Había división de opiniones, quienes pensábamos que ese actor no se parecía en nada a Montalbano y quienes opinaban que sí, que podía pasar.
Luces, cámaras, acción y "mucho silencio, por favor, signiori". Luego, poca cosa. Montalbano que sale de la Questura, se para a charlar con el comisario Augello, se suben los dos al coche y salen pitando. Corten.Luego dimos una vuelta al pueblo. Típico y hermoso barroco siciliano. Llegó un motocarro con verduras y con un curioso y casero aparato que arrastraba una balanza romana.
Foto al canto. Al dueño del motocarro no le hizo ninguna gracia ver a un turista fotografiando su negocio. No dijo nada, la mirada fue suficiente y fulminante.
Continuamos el paseo. Camino de la plaza nos interceptó el paso Don Gaetano. Un anciano encantador. Bien vestino, con su sombrero, con su traje, con su corbata y con su abrigo. Una rareza en una tierra templada y humilde. Si habíamos visto San María la Nova, nos preguntó. No nos podíamos marchar de Scicli sin haber visitado Santa María la Nova. ¿Franceses? No, españoles. Una leve desilusión. “Sigánme”, ordenó. Pasamos por delante del motocarro de la báscula romana. Todos, vendedor y compradores de verdura, saludaron a don Gaetano con respeto. Una señora de bata, luto y zapatilla aprovechó para contarle a don Gaetano, que sí, que le había llamado, pero que no había habido nada que hacer. Don Gaetano no estaba a gusto con la conversación. La vecina se extendía en sus explicaciones pero era complicado comprender el dialecto y don Gaetano dio muestras claras de que no quería continuar con la conversación: la calló. No era el momento. La amabilidad que dispensaba a los forasteros contrastaba con la displicencia con los convecinos. Pero lo más sorprendente de todo era la actitud alegre y complaciente del vendedor que apenas 20 minutos antes me había acribillado de una sola mirada.
Llegamos a Santa Maria la Nova. Silencio y luz. Don Gaetano se movía por la iglesia como un deán por su catedral, introduciéndose en todas las dependencias, explicando ésto y lo otro, encendiendo todos los interruptores, mostrando todas la capillas, la sacristía, el altar, el jardín secreto. En fin, nos mostró y explicó las bondades de cada santo, los milagros que había inspirado cada imagen, la historia de cada piedra, la vicisitud de cada fiesta. Don Gaetano era un hombre devoto, pero también era un hombre presuntuoso. Para el final de la visita dejó la imagen de la Dolorosa ricamente ornamentada. Conocimos pormenorizadamente la azarosa historia de la virgen: robada, quemada, rota, deteriorada y restaurada minuciosa y liberalmente en la década de los 70 por nuestro benefactor. ¿Era ese acaso el oscuro motivo de su amabilidad, dar rienda suelta a su vanidad de hombre pío y generoso? El alma tiene razones que la misma razón no entiende.
Le hicimos una foto a su virgen, lo que colmó su gratitud y orgullo. No le gustó tanto la otra foto, la que le saqué más tarde, en la plaza del pueblo, antes de despedirnos.

1 comentario:

  1. Que bonito Scicli y que buenas memorias me trae este articulo!

    ResponderEliminar