martes, 27 de noviembre de 2012

Sicilia de Nuevo

Aquella isla que nos deslumbró dos años atrás; esa isla que guarda en sí misma una cantidad de tesoros que otros territorios superiores en tamaño son incapaces de abarcar o mantener. Ese inmenso triángulo de tierra del que, en un segundo viaje, según tenemos previsto, no repetiremos ningún punto conocido en el viaje anterior, anclado en el mediterráneo que reivindica ese mar, la cultura y la forma de vida que representa mejor que ninguna otra tierra bañada por sus aguas. 

Su gastronomía apabullante, sus gentes inverosímiles y variadas, que incluyen desde la simpatía más abierta a los rostros más impenetrables y todo ello, en una naturaleza en la que encontrar limpias calas, amplias playas, suaves colinas o feroces volcanes. La isla hollada por todas las civilizaciones que dejaron su impronta en las orillas del mediterráneo y de las que son testimonio numerosas obras de gran belleza.

Ese era nuestro destino, pero, ¿Cuándo comenzó el viaje? ¿En el momento mismo de decidir el destino? Quizá. Pero en esta ocasión, el viaje se inicia algo más tarde, en aquellas noches tranquilas en que nos colocamos frente al televisor par revisar dos películas: Cinema Paradiso y El Cartero (y Pablo Neruda).

Viéndolas, tuvimos nuestra primera experiencia en esta nueva visita a Sicilia. Anticipamos nuestros paseos por las estrechas calles de Cefalú o la sensación de paz, tranquilidad y sencillez bañada de sol de la isla de Salina, en su campiña interior o en la fantástica playa de Pollara. Los personajes de estas películas, Salvatore, Alfredo (Philippe Noiret), Mario (Massimo Troisi) o el mismísimo D. Pablo (otra vez Philippe Noiret) fueron nuestros primeros guías involuntarios.



Pisamos de nuevo suelo siciliano a las 8:55 del 27 de junio de 2012. Una buena hora y una buena fecha, ¿no?, tanto como cualquier otra que nos llevara a este lugar.




Un taxi nos lleva hasta el B&B de Palermo, atravesando una calurosa y abigarrada ciudad que parece abandonar al adentrarse en un tortuoso, oscuro y calamitosamente descuidado callejón, en el que llega a hacer marcha atrás con evidente riesgo de que el coche rozara con las paredes del propio callejón. Al fin, logramos dar con nuestro hospedaje, del que no había señal alguna a pie de calle, cargando todo nuestro equipaje hasta un segundo piso donde nos recibe, en un salón coqueto, limpio y fresco, Giuseppe, lleno de amabilidad, de pelo y de tatuajes.

Esa amabilidad no llega para ofrecernos descanso antes de la hora pactada para entrar en las habitaciones, pero sí para indicarnos lugares cercanos que visitar hasta el momento en que podamos hacerlo.


Al menos no cargamos con las maletas cuando iniciamos nuestro primer contacto con Palermo, con sus callejas, sus monumentos y sus Granite, esos magníficos granizados de distintos sabores que nos van a acompañar durante los próximos días, allá por donde vayamos. Los primeros, de limón y de almendra (mandorla) los tomamos en un bar, frente a la catedral.

Catedral de Palermo

La Catedral es el primer monumento palermitano que divisamos. En la Vía Vittorio Emanuele, a un paso de nuestro B&B. Tiene un gran patio en su parte delantera que nos recuerda (todos los patios de una catedral lo hacen) al de Córdoba, aunque en este caso, el patio está decorado con palmeras. Los estilos artísticos se mezclan, en otro adelanto de lo que nos espera en esta ciudad: el arte bizantino se mezcla con el gótico catalán, el románico normando o el barroco. Llaman la atención los tres ábsides que sobresalen en uno de los laterales, así como la portada, de piedra labrada con arcos ojivales.


Continuamos Vía Vittorio Emanuele arriba, exhibiendo nuestro cansancio entre el tráfico. Dejamos el Palazzo dei Normandi a nuestras espaldas, hasta una próxima visita y nos adentramos en un dédalo de calles, a la búsqueda del Mercato Ballaró.

El mercado de Ballarò de Palermo
Allí, a la sombra de palacios decadentes, fachadas desconchadas y balcones herrumbrosos, se desata una marea de sabores, olores, colores y voces. Toda esa vida nos asalta entre las callejas soleadas. Gritos que ofrecen sus mercancías en lo que a nuestros oídos profanos más parecen diálogos encendidos, una continua réplica teatralizada que asemeja a los graznidos de las gaviotas que hasta aquí llegan desde el cercano puerto y parecen imitar a los vendedores. Porque son vendedores: pescaderos, carniceros, verduleros, vendedores de olivas, de encurtidos, salazones, conservas o caracoles. Aquí no hay mujeres en los puestos, es un mercado con pocas mujeres, al menos el día que lo visitamos, donde se exponen frutas carnosas que despiertan las papilas gustativas solo al verlas, verduras desconocidas y espectaculares de formas y colores. Personajes curtidos pueblan el mercado sin dejar de vociferar y alardear de sus productos.


De vuelta al B&B, Giuseppe nos da otra bienvenida más pausada ahora, más documentada, informativa y placentera. Hemos trocado calores y olores peculiares por una estancia fresca y unos momentos de descanso.


La primera comida siciliana está al llegar. Nos rencontramos con la comida siciliana en La casa del Brodo.


Recomendado por Giuseppe, un restaurante-tratoría en la misma Via Vittorio Emanuele, pero en dirección contraria a la zona que hemos recorrido por la mañana, que debe su nombre a la especialidad de la casa: el Brodo (Caldo), pero no están las temperaturas para probar los “Tortellini in Brodo”, avisados además por la pareja de gallegos que comparten el salón del restaurante con nosotros, a unas horas en que solo los españoles se atreven a entrar en un restaurante italiano, por lo que se ve, ya que nos reciben de forma un tanto descortés, por decirlo suavemente. Nosotros nos decidimos por Bucattini (una pasta parecida a los Spaghetti, pero más gruesa) con sarde y Spaghetti con Vongole, además de los antipasti de la casa, servidos por nosotros mismos desde las bandejas en que estaban expuestos (nuestra primera caponata, berenjenas, olivas, quesos, …). Para el postre no nos atrevemos a pedir nada, pues por poco nos echan. El primer canolo tendrá que esperar. A pesar del trato recibido, la comida es exquisita y nuestra primera comida siciliana ha cubierto nuestras expectativas.


Al salir del restaurante, las calles están bastante vacías; la hora y las temperaturas invitan a otra cosa, pero nosotros vamos callejeando en búsqueda del cercano puerto, en búsqueda de alguna brisa que nos refresque un tanto. Sorteando callejas pavimentadas con guijarros y adoquines, asaltadas a cada poco por temerarios vehículos, llegamos a Piazza Marina.


Una plaza amplia, a un paso del puerto, rodeada de edificios de estilo gótico catalán y en cuyo centro destaca un gran jardín (Villa Garibaldi), que encontramos en obras y en el que destacan árboles históricos, en uno de los cuales se honra la memoria de un asesinado por la Mafia.


En la misma plaza se encuentra la iglesia de Santa María de la Cadena donde va a celebrarse una boda, que por cierto no es la única que se celebra en la ciudad, pues hemos visto bastantes personas acicaladas de ceremonia a lo largo del día.


Desde la escalinata que da acceso a la iglesia tenemos una preciosa vista del pequeño puerto de Palermo. En realidad es el puerto antiguo, dedicado ahora al amarre de yates y barcos de vela. El verdadero puerto pesquero y comercial, está algo más alejado.


En la plaza también se descubren señales que hacen referencia a una ruta turística sobre Giuseppe Tomasi di Lampedusa y su obra, centrada en Palermo. Nos encontramos a un paso del barrio de la Kalsa, donde, al parecer, vivió el aristócrata reconvertido a literato, pero no nos aventuramos tanto. En cambio, tras escuchar desde la calle a un coro cantando en el interior de una (otra) iglesia, sí hacemos un alto en el camino para visitar la Gallería Regionale di Palermo un museo situado en el Palazzo Abatellis (por estas calles la mayoría de edificios son palacios, unos mejor conservados que otros) también de estilo gótico catalán.


El museo, de dos plantas, en torno a un bello patio central, tiene más vigilantes y trabajadores que visitantes, cosa que nos sorprendió en su momento, pero aún más, cuando a la hora de redactar estas páginas descubro que parte de los vigilantes del museo son, en realidad, ex presidiarios mafiosos que se encuentran destinados allí. En cuanto a su contenido, destaca una colección de pintura antigua siciliana y entre las obras allí custodiadas, el fabuloso fresco “Il trionfo della morte”. De autor desconocido, datado en torno a 1445, representa a la muerte a lomos de un caballo esquelético, cabalgando sobre personajes de la nobleza, dando a entender que la muerte no respeta las riquezas terrenales. Ni qué decir tiene que al verlo se identifica la inspiración de Picasso a la hora de pintar su “Guernika”.


La otra maravilla que esconden los muros de la Galleria y custodian los ¿ex?mafiosos es la Annunziata (Anunciación), de Antonello de Messina. Un retrato delicado y de gran belleza, considerado uno de los más bellos del renacimiento italiano.


El calor sigue apretando cuando salimos del Palazzo Abatellis y las estrechas calles del barrio de la Kalsa, con sus sombras, que no son suficientes para combatirlo como merecería, así, nuestros pies nos llevan hacia la orilla del mar, hasta el Foro Itálico Umberto I, donde nos dejamos caer en un banco para descansar y disfrutar de una débil brisa marina que nos llega.


Los sicilianos tienen un exquisito remedio para el calor: los helados, y, sin duda, son especialistas en este riquísimo dulce. No lejos de donde estábamos descansando se encuentra la más antigua y una de las más renombradas heladerías de la ciudad, Gelateria Ilardo. Nosotros desconocíamos esta fama, pero no pudimos evitar probar y reconocer la calidad de sus helados, en concreto sus brioches rellenos de gelato di frágola. Una elección difícil, puesto que en las neveras-expositores se acumulaban helados de muy diversa factura, todos ellos, absolutamente todos, muy apetecibles.


Para regresar al B&B no tenemos más que seguir Vía Vittorio Emanuele y lo hacemos morosamente, tanto por disfrutar de la vista de fachadas y escaparates, como por la imposibilidad de hacerlo de una forma más ligera, dado el cansancio acumulado. De regreso pasamos por lugares que pronto se nos harán familiares en nuestra corta estancia: los Cuatro Canti, la Piazza Pretoria y con su fuente (la de la “vergonya”), la Iglesia de San Giuseppe dei Teatini, donde encontramos ¡Otra boda!, un museo de arte contemporáneo, y, en fin, un gran número de edificios notables.


Después de dormir intensamente durante toda la noche y descansar de la extensa jornada vivida el día anterior, nos espera una mesa pulcra y cuidada, con todo lo necesario para disfrutar de un excelente desayuno.


El capuccino que nos prepara Giuseppe es artesanal, pues le lleva lo suyo preparar cada uno de los nuestros, pero se lo agradecemos. Entre capuccino y capuccino, no puede evitar de hablar sobre fútbol, demostrando la pasión que despierta el calcio entre los italianos.


Tras el desayuno nos dirigimos hacia la Capella Palatina, que no se encuentra lejos de nuestro alojamiento. Subiendo por Vía Vittorio Emanuele, esquivamos los coches como podemos, pues por unas obras en curso, no hay aceras a esta altura de la avenida. Atravesamos la Porta Nuova para acceder a la Piazza de la Independenza donde se encuentra el Castello dei Normandi una fortaleza Normanda que ahora acoge ahora la asamblea regional y que fue la residencia de los reyes normandos en Palermo. El más importante de ellos fue Ruggero II, a quien se debe la construcción de la Capella Palatina, a la que nos dirigimos entre el calor tremendo que a esta pronta hora ya es muy fuerte.


A la entrada del Castillo aguardan, amenazantes, varios autobuses y nos tememos lo peor. No pueden sacarse las entradas vía internet y en las guías consultadas advierten de las colas que se forman para ver el monumento, pero, ¡Sorpresa! Nadie hace cola. Pasamos sin más problemas y disfrutamos de una visita casi en soledad. Por delante de nosotros, un grupo con guía, del que aprovechamos algún comentario suelto, y, más tarde, cuando estábamos dispuestos a salir, apareció otro grupo. Entre tanto, hemos disfrutado de un espectáculo maravilloso. En verdad, al permanecer en el interior de la capilla palatina, uno tiene la sensación de estar encerrado en un joyero o en el cofre del tesoro de unos exóticos piratas orientales. Las paredes de exquisito mosaico bizantino tienen el fulgor dorado que le presta la luz del sol al atravesar las vidrieras, de manera que su reflejo transmite esa sensación de encontrarse rodeado de joyas. Es la primera de las grandes obras del mosaico bizantino siciliano que vamos a ver en el viaje. Las otras, las catedrales de Cefalú y Monreale esperan nuestra visita unos días más adelante y es difícil pensar ahora, encerrados en esta maravilla, que puedan igualarse en belleza.


El calor no nos ha abandonado, incluso en el interior de la capilla, aunque al salir a cielo abierto, nos percatamos, una vez más, de su intensidad. Desde la plaza de la Independenza localizamos el autobús que nos puede llevar hasta el monasterio de los capuchinos para ¿disfrutar? de las famosas catacumbas. Los empleados de la compañía de transporte se encontraban entretenidos con música cuando los hemos interrumpido, pero no ha parecido importarles y el conductor de la línea 327 nos ha confirmado que para contratar a alguien en esa empresa deben hacerles un test de simpatía, pues al vernos algo despistados (en realidad absolutamente desorientados entre las calles por las que transita el bus, mirando a todos lados sin ver ni reconocer ninguna referencia) nos ha indicado, sin que mediara indicación alguna por nuestra parte, cual era la parada y la dirección que debíamos tomar para llegar a tan ansiado lugar de peregrinaje turístico-macabro.


El capuchino de la entrada, al reconocer nuestra lengua ha pasado de explicarnos nada sobre el lugar y nos ha hablado directamente de fútbol, hasta el monasterio, pues, llegan las pasiones terrenales.


La visita a las catacumbas es toda una experiencia. Hasta 8.000 cadáveres momificados, puestos así, todos en hilera muy monos ellos, pueden encontrarse en un espacio agobiante de techos bajos y humedad, con sus trajes ajados, sus calaveras y su pelo estropajoso saliendo de ellas. El más llamativo de todos, el de una niña, Rosalía Lombardo se llamaba, muerta a los dos años y embalsamada a perpetuidad para mostrar a las generaciones venideras, quizá, lo efímero y fútil de nuestra existencia, como efímera fue nuestra visita, solo apta para estómagos más acostumbrados a ciertos espectáculos.


Una vez en el mundo de los vivos, a pesar de que, en verdad, con los muertos se estaba más fresquito, decidimos buscar el Castillo de la Zisa, que se encuentra no muy lejos del monasterio de los capuchinos. Giuseppe nos lo había definido como “una Alhambra en pequeñito”. Comentario suficiente para despertar nuestra curiosidad.


Seguimos las indicaciones que nos han dado y nos vamos adentrando en un dédalo de calles sin aceras, con el consiguiente riesgo para nuestra integridad y, además de conocer de cerca la pericia de los pilotos motociclistas sicilianos, descubrimos otro rasgo del carácter de las gentes de la isla: En nuestro deambular hacia la prometida réplica del monumento nazarí, cualquiera que nos viera por aquellas calles se acercaba a nosotros, nos preguntaba y nos daba indicaciones para llegar, hasta un señor mayor llamó nuestra atención desde la ventana de su casa y sin que llegáramos a formular pregunta alguna, nos indicaba el camino. El barrio donde nos hallábamos se iba convirtiendo, poco a poco, en un barrio de las afueras de cualquier ciudad, tanto daba donde estábamos. Avenidas algo más amplias y edificios vulgares y monótonos se adueñaron del paisaje sin apenas darnos cuenta, hasta que llegamos al Castillo.


Una simple ojeada desde el exterior nos derrumbó la idea que traíamos. Las expectativas creadas por los comentarios de nuestro anfitrión se desvanecieron al instante, pero no se lo tendremos en cuenta al bueno de Giuseppe.


El castillo es bastante pequeño y de escasa decoración. Es uno de los escasos restos de arquitectura árabe que se pueden conocer de Sicilia, que fue utilizado como residencia de verano o pabellón de caza por los reyes normandos y dispone de un museo de arte islámico con algunas piezas interesantes. Por lo demás, su interior se halla prácticamente desnudo y se puede contemplar la obra de ingeniería realizada para la distribución del agua por todo el recinto.


El calor no ha disminuido, que va! A las horas más calurosas del día, nos proponemos regresar al centro, pero para ello es preciso contar con algún tipo de transporte y por donde nos hallamos, es difícil. Caminamos y caminamos hasta dar con una amplia avenida que se encuentra llena de puestos callejeros. No llega a ser un mercado ni mercadillo, pero podría pasar por algo así. No estamos lejos del centro pues la silueta del Teatro Massimo es visible desde donde nos hallamos, pero no creo que podamos dar muchos pasos más. Tras varios intentos infructuosos por encontrar transporte hacia el centro localizamos, milagrosamente, un taxi, que nos traslada, por fin hasta la Antica Focaccería di San Francesco, regresando a terreno más reconocible, las calles han mutado de amplias y pobladas avenidas a callejuelas semidesiertas y el pavimento, de asfaltado a rugosas piedras.


La Antica Focaccería di San Francesco es una de los más antiguos establecimientos de comidas de Palermo, conocido, tanto por su comida como por ser de los primeros que plantaron cara a la mafia. Se encuentra frente a la iglesia de San Francesco –original que era quien le puso nombre- y en ella se sirve comida típica siciliana, desde los omnipresentes caponata y canoli, hasta los involtini de sarde, panelle o los Sfincione (muy parecido a las pizzas, pero con masa de pan y de forma rectangular) y sobre todo, el pani ca meusa, un bocadillo de bazo y pulmón de ternera que tiene su propio mostrador. El resto de la comida se sirve en un self service.


El establecimiento es muy frecuentado y tiene un cierto estilo “art decó”, con mesas de mármol, bancos corridos y paredes decoradas con fotografías de personajes famosos que una vez degustaron recetas similares en rincones cercanos.


No será la única vez que lo visitemos durante nuestra estancia pues, además, tiene la ventaja de que el horario de comidas se adapta más a nuestras necesidades, pues no cierra a las tres de la tarde, como parece norma común en el resto de restaurantes.


La sobremesa se alarga conscientemente y volvemos, otra vez hacia nuestro alojamiento por Vía Vittorio Emanuele. Nos vamos deteniendo ante los escaparates diversos y en la fuente Pretoria, que esta siendo restaurada, antes de tratar de visitar la iglesia de La Martorana en la cercana Piazza Bellini, pero esta se encuentra cerrada al público, por restauración. Por fin, entramos en la Chiesa de San Cataldo, que ya está restaurada o lo dejan para más adelante. La Iglesia tiene las características cúpulas bizantinas de otras iglesias de Palermo, pero es de dimensiones más reducidas. Las cúpulas están pintadas en bermellón y son muy llamativas por sus volúmenes y su color, son el único adorno de una iglesia que semeja una pequeña caja de piedra con escasas aperturas. Su interior es muy austero: una sola nave central, vigilada por las cúpulas de piedra, apenas decoradas con mosaicos y pequeño, tanto que las últimas filas se encuentran ocupadas por las encargadas de la caja y los souvenirs, apenas separadas de los visitantes por una cortina, lo que permite escuchar todas sus conversaciones.


La visita es, pues, rápida y regresamos al B&B tras volver a atravesar los cuatro canti, con una reflexión que no deja de ser recurrente durante toda nuestra estancia en Palermo: Si restauraran todos los edificios que lo merecen en esta ciudad, no habría suficiente dinero, ni rescate, ni nada. Sería imposible, estamos seguros. Pero si alguna vez se llegara a esa utopía, ¿podría ser Palermo la ciudad más bella de Italia? O cuanto menos, ¿una de las más bellas del mundo?, lo que es mucho decir, ciertamente, pero es algo imposible dejar de pensar, a la vista de lo visto en un día apenas.


A última hora de la tarde salimos hacia el teatro Massimo. Las calles están muy animadas, salpicadas de puestos callejeros donde se venden banderas italianas camisetas azzurri, y toda suerte de aditamentos para animar a la esquadra azzurra que hoy se juega el pase a la final del europeo frente a la todopoderosa Alemania, en cualquiera de los múltiples bares en que hay instaladas pantallas al aire libre.


A pesar de los pronósticos, a los italianos se les ve muy animados y nosotros a lo nuestro.


En la Piazza Verdi, el nombre más apropiado para albergar un teatro de Ópera, nos sorprende la magnitud del teatro Massimo, aislado en el centro de una plaza en la que destacan también dos kioscos de hierro forjado, preciosos. El teatro está cerrado pero la plaza muy animada y frecuentada. Por un momento pensamos que vamos a ver salir por la solemne puerta del teatro a Michael Corleone con su familia y que de un momento a otro, alguien va a abrir fuego y la escalinata se llenará de sangre. Pero no, eso solo pasa en las películas ¿no?


Los aledaños del teatro, las callejas y plazas, son ahora un auténtico hervidero. Las terrazas de van llenando de tifosi que toman su lugar frente a las pantallas de televisión con cerveza y comida. La noche puede ser larga y hay que estar preparados.


Nosotros disfrutamos del ambiente y tras un pequeño paseo, localizamos una gelatería que no está tan abarrotada como el resto de establecimientos de la zona, ¡no tiene el televisor encendido orientado a la calle! Y parece un remanso de paz, si lo comparamos con el resto de la zona y además, los helados son buenísimos. Nos tomamos unos brioches rellenos de helado y nos quedamos saciados, no es necesario cenar después de disfrutar con estos helados.


Cae la noche en Palermo y el clima se dulcifica un poco con la retirada del sol y, al igual que cae la noche, caen los goles italianos en la portería alemana. La sorpresa deportiva se consuma. Entre los callejones nos sorprenden los gritos eufóricos de los espectadores enfervorecidos. Italia será el rival de España unos días más tarde, con el campeonato en juego. Y nosotros aquí. Aún hoy cuando en esta noche festiva y alegre decimos que somos españoles, nuestros interlocutores sonríen y esperan contentos el próximo partido, pero, ¿Qué pasará realmente cuando el momento se acerque? Estamos convencidos que nada (Nada malo). Ahora somos “enemigos” de nuestros anfitriones. No nos podemos permitir enemistarnos con gente tan agradable que nos lo está haciendo pasar tan bien, eso seguro.


Al día siguiente los italianos amanecen felices por la victoria. Desayunamos con Giuseppe.


Después de hacer las maletas, salimos a dar una última vuelta por Palermo, paseo del que destacamos un claustro que no corresponde a un edificio eclesial, sino a la facultad de derecho. Nos dirigimos hacia el mercado de la Vucciría por Vía Maqueda y entramos en este mercado desde la Piazza San Doménico. Este mercado no nos impresiona ya, por ser el segundo que visitamos, a pesar de que su fama es superior al de Ballaró. Lo que sí aprovechamos es nuestro paseo para preparar lo que será nuestra comida de hoy. Compramos fruta, mortadela, panini y pizze al taglio y nos dirigimos al puerto, donde nos espera el primer aliscafo que nos llevará hasta la isla de Salina.

Salina

El puerto está muy tranquilo, sin mucho tránsito y son pocos los viajeros que esperan. De todos los barcos anclados allí, el nuestro resulta ser el más pequeño. A las 13:50 zarpa el aliscafo, un transporte rápido y cómodo que, para nosotros, hace también las veces de restaurante.


Nos acercamos, entre somnolencias, a nuestro nuevo destino. Aproximadamente dos horas después de zarpar, ya se divisan las islas. Pedazos de roca sólida que sobresalen con fuerza desde el interior del mar.


Alicudi primero, Filicudi un poco más tarde y, por fin, Salina. Atracamos en el pequeño puerto de Rinella junto a su playa de arena negra, donde nos espera el taxi-furgoneta que nos ha enviado Michele para recogernos. Un taxi con un taxista que no habla, una auténtica rara avis.

Salina

Estamos en Salina. La tierra que da nombre a la familia protagonista de Il Gatopardo, la excelente novela de Giuseppe Tomasi di Lampedusa y la admirada película de Visconti; el lugar donde se rodó El Cartero (y Pablo Neruda) la película con la que, de alguna manera, iniciamos nuestro viaje y que tratamos de reconocer en estas primeras horas.


Salina es una isla calurosa y verde. Las laderas de sus montañas (dos cráteres gemelos ya extinguidos) rebosan de verdor. Tres kilómetros de curvas y cuestas después de llegar a tierra firme, alcanzamos el centro de Leni.

Salina

El hotel de Michele está enclavado en la ladera y desde la terraza vemos el mar al alcance, casi, de nuestras manos. Michele nos da la bienvenida con gran amabilidad mientras nuestra vista nos lleva hasta otras islas: Lípari, Vulcano y entre la bruma, la propia Sicilia.


El pueblo del hotel son unas cuantas casas desperdigadas y una iglesia desvencijada que deja sus puertas abiertas durante los distintos oficios para, parece, captar feligreses, en competencia con la Iglesia Evangélica que, a menos de cien metros, casi casi, la enfrenta. Las campanas repican cada cuarto de hora y las oímos tan claras y tan cerca que muy pronto nos acostumbramos a su sonido.

la iglesia del pueblo de Leni, Salina

Las casas están situadas en torno a un núcleo muy pequeño, con sus Tabacchi, su farmacia, su supermercado y su Municipio, donde no falta una estatua y una inscripción en la que se recogen los nombres de los caídos del pueblo en las dos grandes guerras mundiales. Llama la atención el apellido López de uno de ellos, reflejo de los tiempos en que estas islas fueron españolas.


Más allá del núcleo del pueblo se desparraman pequeñas casas de arquitectura eoliana. Rodeadas de vides la mayor parte de ellas. Todas las viviendas tienen un patio orientado a la costa. Sus techos están soportados por columnas abombadas y pintadas en colores suaves, pastel. Los rosas, canelas, azul celeste, amarillo pálido, conforman la paleta que decora estas laderas. Transmiten una inequívoca sensación de tranquilidad y sosiego.


La cena en el hotel la hacemos a base de pescado, como impone el hecho de encontrarnos en una isla: Rizola, un pescado local sabrosísimo, anchoas rebozadas en sésamo blanco y negro y, ¡como no!, capperi. Las alcaparras de estas islas no nos van a abandonar durante toda nuestra estancia en el archipiélago.

Por la mañana bajamos a Rinella. Nos espera una mañana de playa. Hay un autobús que recorre toda la isla por la única carretera que la recorre. En total son 16 Km de carretera para toda la isla. En nuestro autobús solo viajamos algo más de tres kilómetros hasta volver a dejarnos en el puerto de Rinella. La playa es diminuta, la única de arena (negra y fina) de toda la isla, está a solo unos pasos de allí, resguardada por un acantilado horadado por cuevas artificiales que, en otro tiempo, fueron resguardo de barcas de pescadores. La playa, a pesar de estar situada tan cerca del puerto, donde no dejan de atracar Ferries (aliscafos ya conocemos la palabra) y otros barcos, tiene un agua limpia y transparente, como en toda la isla, tal y como comprobaremos por la tarde. Disfrutamos de una mañana relajada y remojada, tratando de ocultarnos del sol a la sombra del acantilado y las cuevas que horadan la roca. Rocas negras donde habitan pequeños cangrejos se adentran en el agua. Nada que perturbe una plácida mañana playera, que terminamos tomando algo en un restaurante cercano, disfrutando de las vistas y del atún fresco.

la playa de Rinella

Por la tarde hemos quedado con Bartolo, quien llega puntual a nuestra cita para embarcar en su pequeño barco para rodear la isla desde el mar.


Tras pocos minutos de navegación y charla con Bártolo, llegamos a la sorprendente playa de Pollara. Asemeja un escenario teatral cuyo telón de fondo es una gran cortina de lava solidificada. Al oeste encontramos un espectacular arco de piedra esculpido por las olas y el viento durante siglos.

el mar en Pollara

En este lugar nos lanzamos al mar tranquilo y disfrutamos de la frescura y la transparencia del agua y de un paisaje cautivador desde una perspectiva propia. Desde aquí observamos como la oscuridad de la piedra natural y salvaje se mezcla con el azul brillante del agua y la vegetación a la que da cobijo.


Hay otros barcos y otros bañistas compartiendo el momento, somos conscientes de que la playa se encuentra en regresión, pero a pesar de ello el disfrute es máximo.


Bartolo leva anclas. Es un pescador que en otros tiempos llegó a pescar frente a las islas Baleares acompañando a su padre. Nos habla de pescados y de su isla. Ahora sigue pescando, pero de vez en cuando, sucumbe a los cantos de sirena y lleva a turistas como nosotros en su barca.


Durante toda la travesía nos acompaña la visión del doble cráter característico de la isla de Salina y divisamos los distintos núcleos habitados de la isla: Malfa, Santa Marina, Lingua, … Bartolo nos sigue hablando de su isla, de las alcaparras, del camino para ascender al monte Fossa de li Pelcci, de los pocos habitantes que viven en Salina, del barco cisterna que trae el agua. Y entre conversación y conversación detiene su barca y nos bañamos en áreas despobladas, en esa agua que sigue transparente y que, en ocasiones, es cálida. El sol no deja de apretar.


Ha sido una tarde marinera, calurosa, húmeda y sobre todo, placentera.


Nos despedimos de Bartolo y paseamos por Rinella hasta tomar de nuevo el autobús que nos lleve a Leni y en el bar de la plaza nos tomamos un granite de gelsi con panna, (ahí es nada) y entablamos conversación con la chica del Bar. Parece imposible ocultar nuestra procedencia y aún más, que no nos hablen de “La Partita” (el partido - ndr). Nos explican que en la plaza se organizan para ver el partido todos los del pueblo en una pantalla gigante. Nos esperan para mañana (no sabemos con qué intenciones, pero, a decir verdad, parecen sinceramente amistosas).


Ese mañana llega. En el hotel cualquiera que nos saluda nos sonríe y nos dice cualquier cosa sobre La Partita.


Alquilamos un coche para recorrer la isla, esta vez por tierra. Entre un viejo Suzuki descapotable y un viejo Citroën con aire acondicionado hay cinco euros de diferencia y unas diferentes posibilidades de deshidratación y cefaleas, dado el tórrido día que nos saluda. Así que optamos por el Citroën.


Descubrimos el interior de la isla aún más verde de lo anunciado por sus laderas. Al tapiz que conforman las vides se unen pinos, grandes pinos, helechos y (¡sí) alcaparras.


Volvemos a divisar la playa de Pollara, pero esta vez desde tierra, desde lo alto del mirador del Castello. De allí se observa una llanura fértil que abruptamente se desploma hacia el mar. En el mirador se podría permanecer durante horas y disfrutar de esta belleza, pero parece imposible permanecer unos pocos minutos bajo este sol inclemente.


Continuamos disfrutando de la belleza de la isla atravesándola por su única carretera y deteniéndonos en aquellos lugares que nos llaman la atención, que son muchos, pero necesitamos detenernos y darnos un chapuzón.


Divisamos una playa e intentamos localizarla, con una suerte tal, que resulta ser la única de toda la isla con sombrillas y hamacas y a la que puede accederse en coche casi hasta la misma orilla. Lo que en otra ocasión podría ser una pequeña playa de piedras, ahora parece el más esperado de nuestros paraísos posibles.


Una vez repuestos y tras exhibir nuestras habilidades en la única gasolinera –de autoservicio- de la isla, nos dirigimos hacia Lingua una pequeña localidad al borde del mar, donde nos enfrentamos de nuevo al inmenso calor de este día y, siguiendo los consejos de Michelle, tomamos Pane Cunzato en la terraza cubierta del Bar Da Alfredo que en estos momentos está ocupada por varias mesas largas repletas de parroquianos que celebran varios cumpleaños, alguno de ellos, de muchos años.


El Pane Cunzato es una gran tostada redonda de pan artesanal, a la que le añaden productos típicos eolianos: pomodorino, queso, atún, anchoas, … y … ¡cómo no!, ¡alcaparras! Que están buenísimos. El postre lo componen, de nuevo, granite, que también tienen fama los de este establecimiento, una fama merecida, todo hay que decirlo.


De nuevo en Leni, Michelle gestiona con la propietaria del negocio de coches de alquiler para que nos lo deje hasta la noche, lo que se soluciona con la promesa de dejar el coche abierto en el aparcamiento con la llave en la visera, lo que así haremos, sorprendidos por la confianza que se respira por estos lares, donde parece imposible que alguien tenga algún problema de los llamados “de orden público”.


La piazzeta de Rinella, donde está todo preparado para ver el partido, es cualquier cosa, excepto una reunión de fanáticos esperando ver un partido de fútbol de importancia. Más bien se asemeja a aquellas plazas de nuestros pueblos que, llegadas las fiestas mayores, se engalanaban y a las que acudían, con las sillas de sus casas, las señoras mayores para poder ver el baile cómodamente. Aquí, cada uno trae su silla y se instala para ¿disfrutar? de la partita. En la plaza, la pantalla gigante todo lo preside, un bar muy concurrido cierra la plaza y una pizzería, a la que se llega por un tramo de escaleras desde la plaza surte a los espectadores-aficionados, que no paran de bajar y subir escaleras con pizzas.


Al marcar España su primer gol, cuatro españoles gritamos entre sorprendidos, tímidos y alborozados y quienes se encuentran más cerca nos miran extrañados. Nada más. Por la plaza vemos a Michele con amigos y personas que trabajan también en el hotel o a Bartolo con su novia. Todos nos saludan amigablemente. España gana y cada uno a su casa. Un momento que puede considerarse histórico, vivido con absoluta sencillez y normalidad. Las mismas sensaciones que tenemos cuando dejamos el coche abierto en el aparcamiento, siguiendo las instrucciones dadas.


Si ayer fue el día de “la Partita”, hoy es el día de la partida. Dejamos las verdes colinas de Salina embarcados de nuevo en otro Aliscafo con dirección a Stromboli. Pasamos gran parte de la mañana embarcados, pues nuestro aliscafo hace escala en varias islas, incluso vuelve a Salina, a Santa Marina, y hasta el medio día no divisamos Strómboli. Imponente, como un cono casi perfecto emerge del mar escupiendo humo por su vértice. Impresiona.

Stromboli

Impresiona de lejos, por la naturaleza bruta que transmite. Hemos traspasado un punto de no retorno. Las fuerzas naturales toman su lugar y el aislamiento se percibe al llegar, más que en ningún otro lugar conocido. Una vez en tierra, la obra del hombre es evidente y bella. Casas bajas y pequeñas, encaladas, parecen descender de la montaña hasta encontrarse con el mar, como si fueran restos de una lava inofensiva. Las puertas y ventanas de colores contrastan con el blanco de sus paredes y el negro del terreno, de las playas de arena que rodean toda la isla.


Descubrimos callejas intrincadas y estrechas, muy estrechas, donde las casas se agolpan entre sí, dejando apenas espacio para recorrerlas a pie, aunque las motocicletas, las Ape-“vespas”, presentes por doquier, y hasta carritos de golf se atreven a transitarlas. Son estos los únicos vehículos que pueden moverse por la isla, al margen de los barcos y barcas que salpican el azul intenso y limpio del mar. Pero todo, calles, casas o barcas, parece pendiente del volcán. A cada tanto se observan explosiones. Columnas de humo gris se elevan hacia el cielo de forma casi acompasada, demostrando –y avisando- de lo frágil de nuestras vidas y de nuestro modo de vida, aunque aquí, esto tiene otro sentido.

el típico medio de transporte en Stromboli

Playas negras de arena y rocas de gran volumen y formas caprichosas. Una de ellas el Strombolicchio, sobresale en el mar con un pequeño faro en su cima. La roca, resto de una antigua erupción, es visible, prácticamente desde cualquier punto de la costa.


El mar acoge barcos de recreo y barcas de pescadores ancladas en un mar que parece en calma perpetua bajo un sol abrasador e inclemente.


Recorremos las callejas calurosas con la vista puesta en la cima del volcán, que no deja de escupir humo y en nuestro callejear pasamos varias veces por la casa en la que vivieron Ingrid Bergman y Roberto Rossellini, hace ya más de medio siglo, durante el rodaje de Strómboli, ahora convertida en museo, al que solo puede accederse si se forma parte de una asociación. La isla entera parece un homenaje a ambas estrellas, en especial a la actriz, pues por doquier se encuentran lugares y establecimientos con su nombre, fotos, posters, …


Tras este deambular por los distintos núcleos de la isla: Piscitá, San Bartolo o San Vicenzo volvemos a disfrutar del mar en la pequeña playa de roca y arena negra que hay a los pies de nuestro hotel hasta el atardecer, cuando nos embarcamos para observar desde más cerca, desde el mar, a la altura de la Sciara del fuoco, el espectáculo de las explosiones.


La barca que nos traslada es pequeña y un jovencísimo capitán nos guía, a turistas de distintas procedencias, hacia una ladera yerma y oscura, por donde descienden todos los deshechos del volcán.


Nos acompaña también una luna llena, reflejándose en su espejo marino que, poco a poco, se asoma al propio volcán.


Al llegar a la la Sciara del fuoco, es la hora de la puesta del sol y comienza el espectáculo. Poco a poco se oscurece el cielo y se enciende la cúspide del volcán. En este lugar, mecidos por el mar, asistimos a varias explosiones. Dos de ellas elevan material incandescente hacia el cielo a gran altura y dejan resbalar lava y magma hasta el mar, dejando una estela humeante. Es la naturaleza que asombra, que saluda, que avisa.

la sciara del fuoco

Regresamos a puerto emocionados por lo recién visto y vivido, para dirigir nuestros pasos hacia el hotel, cuando asistimos a una situación sorprendente: La isla no dispone de alumbrado público en muchas zonas y la única forma de guiarse en la oscuridad es hacerlo con la ayuda de linternas propias. Puede saberse de la presencia de otras personas únicamente por la luz de sus linternas. Al parecer, se trata de una decisión tomada por los habitantes de la isla de manera voluntaria, ya que de esta forma, en la oscuridad, se aprecia mucho mejor la cima del volcán Stromboli, que con sus erupciones casi ininterrumpidas, impide olvidar que la isla le debe a ese fenómeno natural su nombre y su existencia.


La mañana se inicia muy pronto. Como estamos muy al este, el sol nos visita muy temprano y aprovecho para subir por la ladera del volcán por un camino que se inicia en la Chiesa de San Vincenzo. El camino es de tierra oscura y muy empinado. Dejo atrás el observatorio vulcanológico y sigo ascendiendo, acompañado de lagartijas y plantas de alcaparras, hasta la llegada al antiguo cementerio, donde las lápidas, pequeñas, están desperdigadas entre la maleza. Desde aquí se distingue la marca del volcán; poco más arriba no existe vegetación, solo rocas negras, hacia abajo, se aprecian las pequeñas casas blancas como sembradas en la ladera y se disfruta de unas vistas espectaculares de un mar poblado de barcos a la salida del sol.

puesta de sol

Todavía trato de ascender algo más. A partir del cementerio la pendiente se inclina aún más y a pesar de unos escalones rústicos que tratan de ayudar en la subida, o por culpa de ellos, el ascenso se torna cada vez más exigente y antes de lo inicialmente previsto y deseado vuelvo sobre mis pasos, volviendo a disfrutar de la vista en mi camino hacia el hotel. Antes de llegar a las primeras calles, hago una parada en la panadería para comprar unos cornetti.


La visita de la noche anterior a la Sciara del Fuoco parece que no ha sido suficiente y alquilamos un kayak con el que llegamos hasta allí. Durante el trayecto descubrimos múltiples y frecuentadas calas pequeñas, esculpidas en la roca negra, hasta que salimos a mar abierto para volver a divisar la ladera oscura de la Sciara. Esta vez no asistimos a ninguna explosión pues tenemos poco tiempo para volver.


De regreso a la playa del hotel y tras un nuevo baño, protegidos por Strombolichio, vamos a comer a una pizzería-tratoría, una experiencia que es mejor no dejar reflejada aquí, pues desmerecería el relato de tantas y tantas cosas buenas como nos pasaron. Baste decir, en todo caso, que comprobamos la cara menos amable de Strómboli, esa que hace sentirse avergonzado a un viajero, a pesar de encontrarse en un lugar paradisíaco.


La tarde es propicia a olvidar lo sucedido, relajada, con descanso, paseos por las intrincadas calles hasta el puerto, otra vez, helados y alguna sencilla compra.


Precisamente en esos paseos y tras pasar por enésima vez por delante de la fachada rojo óxido salpicada de los marcos color ocre de sus puertas y ventanas, encontramos abierta la casa de Ingrid Bergman y Roberto Rosellini pero un cartel indica que el acceso está solo permitido a los socios. En realidad se trata de la sede de la Asociación Cultural Ingrid y nada más sencillo que asociarse a la misma, por 2 euros, para acceder a la casa.


En la casa se puede visitar el dormitorio de la actriz, donde está la cama matrimonial, una cómoda, un tocador con su respectivo espejo y su butaquita, además de un armario medio abierto, donde se adivinan algunos vestidos que debieron usarse en la película.


También hay afiches y fotografías de la filmación. Según nos cuenta nuestro, ya, compañero de asociación, Rossellini arrendó esta casa porque era la única de la isla que tenía baño dentro. En aquella época, inmediatamente después de la guerra, la luz eléctrica llegaba a intervalos, ni siquiera había hoteles y la mayor parte de las casas eran muy modestas. También nos contó anécdotas del rodaje, entre otras, que quien representó el papel de párroco en la película, era el auténtico párroco de una de las tres iglesias que por aquel entonces había en la isla, a pesar del despoblamiento que sufrió Strómboli por aquel entonces, que vio como muchos de sus habitantes emigraron, bien a Australia, bien a la más cercana Nápoles.


Tras disfrutar contemplando uno de los atardeceres más bellos que se pueden contemplar, la noche se nos echa encima de nuevo, pero en esta ocasión, no hay paseo marítimo ni visita volcánica, tan solo una cena en la terraza junto al mar, lo que tampoco es de despreciar.


De Strómboli a Palermo, pasando por Panarea, Rinella, Santa Marina Salina, Lípari, Milazzo y Cefalú, el aliscafo nos vuelve a sacar de la isla, tal y como nos llevó, pero cuesta alejarse y dejar definitivamente estas islas, estas rocas paradisíacas ancladas en un mar cristalino. Strómboli es la isla más alejada de Sicilia y nuestro barco se detiene en varias de las islas. Atraca en Panarea, la isla que atrae a los más ricos, lo que se demuestra en el gran número de yates fondeados y las casas que podemos divisar desde el interior del aliscafo. Hace escala en Rinella, donde volvemos a recordar los recientes días pasados junto a este coqueto puertecito y su playa. Vuelve a detenerse y a hacernos recordar la tarde en la que pasamos por Santa Marina Salina y hace una escala algo más larga, en Lípari, donde vamos a hacer transbordo al barco que nos devolverá definitivamente a Sicilia.

otra puesta de sol

El puerto de Lípari es el más bullicioso y grande de cuantos hemos recorrido en las islas. Apenas nos alejamos de la zona portuaria para tomar un café y comprar unas frutas. No hace falta más para saber que estamos en la isla más turística y poblada del archipiélago.


Llevamos toda la mañana de barco en barco, de puerto en puerto, hasta llegar a Milazzo. Aquí tomamos un coche de alquiler pues es la única forma de proseguir el viaje sin dedicar demasiado tiempo a esta ciudad portuaria con apenas atractivo. Tras tanto tiempo sin contacto con coches (aquí son máquinas) avenidas, tráfico y señales, nos hacemos un lío que nos resuelve un señor que iba a comprar al supermercado y que nos indica la dirección después de haber hecho su compra.


Ya estamos en la autostrada, camino de Cefalú, atravesando túnel tras túnel sin dejar de divisar la costa.

una calle de Cefalù

La primera impresión de Cefalú es la de un Benidorm de los años 70: una larga y concurrida playa urbana de arenas finas. La diferencia, y vaya diferencia, está en el centro del pueblo. Cefalú es una ciudad pequeña y hermosa con mucha personalidad, la que le otorgan la gran peña que la resguarda, sus murallas y su catedral, sobre todo sus dos torres omnipresentes.


Tratamos de encontrar algún resto de la presencia de Salvatore o Alfredo por las estrechas e intrincadas calles del centro de la ciudad, pero no es posible. Los turistas hemos tomado la antigua ciudadela normanda al asalto y los lugareños han trocado sus casas en comercios, donde ofrecen los mismos productos, unos y otros, sin apenas diferencias en su oferta y en un recodo, en una esquina de la Via Vittorio Emanuele (¿Porqué los italianos expulsaron al rey si luego le dedican las calles más importantes en todas las ciudades?) encontramos el Lavatorio Medieval un lavadero público de la época de los normandos. De piedra oscura y gastada y ambiente húmedo y fresco.


Casi trepando por una de las calles, llegamos a la plaza de la catedral. Una plaza muy animada, protegida por la inmensa y omnipresente roca y presidida por la imponente catedral, en la que los paisanos discuten en los bancos, mientras los turistas toman sus granite en las terrazas de las heladerías o entran y salen de la catedral para admirar, especialmente su pantocrátor y sus mosaicos bizantinos.


Regresamos bordeando el malecón de la Calura y admirando las vistas de un mar algo encrespado ahora, para finalizar en la playa, junto al pequeño muelle, donde se respira un aroma de pueblo antiguo y volvemos a tratar, en vano, de percibir la antigua presencia de Alfredo o Salvatore, antes de regresar a Palermo.


Tan solo 80 km. nos separan de la capital. Un trayecto que bien pudiera realizarse, aproximadamente, en una hora, pero que para quien no esté acostumbrado a las técnicas sicilianas de tráfico y conducción, puede alargarse algo más, como es el caso. Tras más desvíos y vueltas de las precisas, logramos alcanzar nuestro destino, llegamos a un nuevo alojamiento, más alejado del centro que el que disfrutamos en nuestra anterior visita a la ciudad. Palermo es capaz de mostrar muchas caras diferentes, de ahí que ahora, a pesar de nuestra recentísima visita anterior, nos parezca otra ciudad con otra fisonomía, aunque mantiene ciertas características en común: su suciedad, su aspecto deteriorado y su vitalidad callejera.


El Bed & Breakfast de Giovanni está situado en una calle poco transitada en la que la vida parece detenerse. La fachada y la entrada al establecimiento no se distingue de cualquier otra casa y ya cuando entramos tampoco encontramos grandes diferencias. Tras ser recibidos y obtener todas las indicaciones precisas, descubrimos unas habitaciones amplias y limpias con vistas a la calle, un callejón en el que la vida parece moverse lenta, muy lentamente.


Acabamos el día en el restaurante de Enzo, siguiendo las recomendaciones que nos dieron en el B&B. Atravesar estas calles palermitanas por la noche tiene su punto de aventura. Están sucias y mal iluminadas, y las personas con las que nos cruzamos son, en su mayoría, inmigrantes de tez más bien oscura. Aquí se encuentran comercios hindúes, africanos y chinos, entre otros, un auténtico mundo concentrado en unas pocas calles, hasta que alcanzamos la Estación Central y la trattoría de Enzo, donde disfrutamos de nuestras pizzas y nuestra pasta con setas en un ambiente muy familiar, tanto que hasta nos despiden con un “Bona nit!”, pues el camarero trata de hacer un alarde de hospitalidad con nosotros.


Dormir en una habitación que da a un callejón silencioso tras un día como el vivido es una auténtica bendición. Y aún lo es más, despertarse y toparse con un desayuno como el que nos ofrecieron: Tartas caseras sabrosísimas, cornetti recién hechos, frutas, mermeladas y fiambres exquisitos, aunque nos acompañe una ruidosa televisión en la que las noticias y los debates giran en torno a la crisis y los recortes abordados por el gobierno; un toque indeseado de realidad que nos recuerda que nuestro viaje está pronto a finalizar, pero que no nos impide disfrutar del excelente desayuno.


La mañana se nos va atravesando Palermo para devolver el coche de alquiler y volviéndola a atravesar en el metro (No es este el último medio de transporte que vamos a utilizar). Un metro que no se diferencia en nada de cuantos hayamos podido conocer. El mismo ambiente gris y anodino de tantos y tantos trenes subterráneos, aunque una niña negra con rizos imposibles, que viaja con su madre, nos alegra el trayecto con sus sonrisas.


Volvemos al mercado Ballaró para hacer las últimas compras gastronómicas (Anchoas artesanas, Mortadela, diversas variedades de pasta, quesos o botarga, como aquí llaman a la hueva de atún, entre otras cosas). Es una mañana de regreso a nuestros primeros días en Palermo, tanto que, después de comprar la necesaria maleta para nuestra vuelta y darnos cuenta que, en realidad nuestra nueva residencia no estaba tan lejos del centro como pensábamos, volvemos a comer en la Antica Focaccería di San Francesco.


Tras la comida, atravesamos las empedradas y tórridas calles hasta regresar a la plaza Julio César, la de la Estación Central, para tomar un autobús que nos lleve a Monreale.

Tras una espera demasiado larga, el autobús de la AST nos lleva por barrios de Palermo hasta Monreale. En realidad tenemos la sensación de no haber abandonado Palermo en ningún momento. La distancia que recorremos es apenas de 10 kilómetros, pero el trayecto es completamente urbano. Los barrios de Palermo que atravesamos son populosos y el tráfico muy denso, hasta que abordamos una serie de cuestas pronunciadas y el cobrador nos indica la parada en la que debemos abandonar el autobús y el horario de vuelta (¿llevaremos algún tipo de cartel en el que se diga que somos turistas y vamos a visitar la catedral?).


Para llegar a la catedral atravesamos una calle peatonal empedrada, porticada y atestada de comercios, el Corso P.Novelli y la Via Roma, hasta llegar a la plaza del Duomo.


Una vez en su interior y tras coincidir con otra boda (¿Cuántas van?) completamos la trilogía: Tres pantocrátor, tres joyas de la arquitectura normanda, tres mosaicos bizantinos. La Capilla Palatina, la Catedral de Cefalú y, ahora, la de Monreale. No solo el impresionante pantocrátor, sino todo el mosaico, en el que se representa desde la creación a la Pasión de Cristo. Es espectacular y grandioso, no en vano, según se dice, se utilizaron 2.200 Kg de oro para cubrir los casi 6.000 metros cuadrados que tiene de superficie.


Aún queda una joya más para disfrutar: El Claustro, al que se accede desde fuera de la catedral y cuyos arcos porticados contienen 228 columnas ricamente decoradas con capiteles románicos del siglo XII con iconografías que combinan lo religioso, con lo pagano, los elementos clásicos y la mitología popular.


Es nuestra última visita en Sicilia, nuestro último monumento. Solo nos queda retener la vista que nos ofrece Palermo desde un mirador situado tras la catedral, pero no es posible. Ya no cabe más en nuestras retinas.


Regresamos al autobús, desde donde contemplamos las calles de Monreale convertidas en un caótico mercadillo. Furgonetas abiertas y puestos improvisados ofrecen frutas y verduras en espacios muy reducidos, en la misma calle por la que se cruzan autobuses, coches, motocicletas, peatones que gesticulan y hombres mayores apostados en bancos y esquinas que conversan de manera apacible. Al autobús le cuesta llegar a las cuestas que nos llevan de vuelta a Palermo, para pasar nuestra última noche siciliana.


Al día siguiente, nos llevan hasta el aeropuerto. Durante el trayecto, nos hablan de la crisis en Italia y Sicilia, de los centros comerciales que desaparecen, de la mafia, trasladada a Milán o Roma a la búsqueda de un poder y de un dinero que ya no se encuentra en la isla, a pesar de que su impronta se deja sentir hasta en la localización del propio aeropuerto al que ahora llegamos.



Desde el aire llega, esta sí, la última visión de la isla.
JOSÉ ANTONIO.

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