lunes, 12 de noviembre de 2012

Sicilia: recuerdos de uno de mis mejores viajes

Lo reconozco: nunca se me habría ocurrido elegir Sicilia como destino de vacaciones de no ser porque alguien me lo recomendó. Bueno, “alguienes”, porque no fue sólo una persona. Lo poco que sabía de la isla es que era muy grande, que hacía mucho calor, y algunas noticias sobre su lucha contra la Cosa Nostra. Pero cada vez que alguien me hablaba de Sicilia se le iluminaban los ojillos y ponía una pasión en todas sus explicaciones que realmente me intrigaba. Así pues, decidí que ya era hora de verlo por mis propios ojos.


Para evitar las elevadas temperaturas pensamos en ir a finales del verano, en concreto a finales de septiembre y primeros de octubre; para verlo todo con calma montamos un viaje de 22 días; y para tener libertad decidimos alquilar un coche. Por casualidad encontramos la agencia Trinakria Tours en Internet, les comentamos nuestra idea inicial, y ellos nos planificaron una posible agenda. Tras hacer un par de retoques para ajustar algunas visitas que nos recomendaban nuestros amigos, llegamos a un acuerdo, y Trinakria nos mandó consejos, rutas y recomendaciones.

Nuestras vacaciones empezaron en Palermo, donde nos quedamos 3 días. Creo que la mejor definición de Palermo que se me ocurre es “maravillosamente caótica”. Es una ciudad que mantiene la tradición de los mercados callejeros, la cordialidad de la gente (encantadoramente ruidosa) y los edificios históricos seña de su glorioso pasado. Capital del reino normando, virreinato del pasado español, pasear por sus calles es un continuo de palacios, gentío, plazas, estatuas, coches… como decía, un maravilloso caos. Nuestro alojamiento estaba situado en pleno centro histórico, con lo cual todo era accesible a pie. La habitación era magnífica, y los dueños muy cordiales; incluso nos recomendaron un par de rutas que disfrutamos como niños. Joven y alegre, multicultural como pocas, multitudinaria a ratos, debo decir que si algo recuerdo de Palermo es su capacidad para no dejar de sorprendernos. Como aficionados a la ópera, vimos Madame Butterfly en el teatro Massimo. Paseando por las calles, nos cruzamos con una procesión (con dos magníficas bandas de música que dejaron claro que Italia vive este arte como pocos países). Críos que apenas si sabían andar se nos acercaban para preguntarnos “perché parla spagnolo”. En los mercados compramos antigüedades y frutas de tamaños incompresibles y sabores deliciosos... 


Los edificios de Palermo, fieles, no podían ser más que de arquitectura ecléctica, y estar “a medio restaurar”. Esta peculiaridad convierte a la ciudad en única. Es difícil destacar algo, pero por mis gustos personales me quedaría con los mosaicos de la capilla Palatina (palacio de los normandos), la catedral de Palermo, inesperada y encajonada en medio del tráfico, y san Juan de los Eremitas, con sus bóvedas árabes y su romántico claustro. Por el día todo era actividad, pero por las tardes las personas disfrutaban de juegos tradicionales, sin ninguna prisa por ir a ningún sitio. Las únicas pegas fueron el cierre por reforma del museo arqueológico y el tráfico: no sé si nos habríamos atrevido a alquilar aquí el coche (desde la agencia ya nos dijeron que mejor lo evitábamos); respecto al museo, bueno, sólo puedo decir que tenemos una excusa para volver.
San Juan de los Eremitas
Nuestro cuarto día lo pasamos íntegramente en Cefalú, un pueblo costero a escasa distancia de Palermo. ¡Vaya cambio! A diferencia de Palermo, aquí se respiraba tranquilidad, con su playa, sus comidas al aire libre, sus panorámicas (destaco el “cabezón” (una piedra de tamaño considerable))… en medio de las inclemencias del Sirocco, aquí descubrí mi sabor favorito de helado (nocciola –avellana-), y aquí me acostumbré a abandonar las prisas de mi querido Madrid a favor de la sencillez y placidez de este entrañable pueblo marinero. Lo que más recuerdo de Cefalú, sin duda, el paseo nocturno por sus calles, iluminadas a media luz, con sus casas colgadas sobre el mar, con su eterno cabezón como observador permanente del enclave.
Cefalù de noche
Los siguientes cuatro días cambiamos totalmente de ambiente y fuimos a las islas Eolias. Salimos de Cefalú en tren rumbo a Milazzo, donde tomamos el barco para nuestra primera parada: la isla de Salina. Lípari será la más grande, Stromboli la más famosa (por la película de Ingrid Bergman), pero Salina nos dejó la sensación de ser la más especial. Y eso que no empezamos muy bien: atracamos en el puerto de Santa Marina, y desde allí teníamos que llegar a Pollara, donde nuestro alojamiento nos aguardaba. Como decía, nos equivocamos al optar por ir en los autobuses públicos, más que nada porque no hay ninguno directo de Santa Marina a Pollara. Tuvimos que bajarnos en Malfa, y esperar más de una hora el enlace, y si bien Malfa es agradable, con las maletas a cuestas se nos hizo pesado. De Pollara nos esperábamos un sitio más poblado. Es una aldea mínima de casas dispersas, poca oferta de restaurantes, y ninguna de ocio. De hecho, nuestro alojamiento era el único lugar donde cenar… cosa que no nos importó en absoluto. Por el contrario, disfrutamos de la comida, la malvasía y de la compañía como pocas veces. Nunca se lo dijimos, pero la dueña de casa es una de las personas más dulces que hemos conocido en nuestras vidas. Estábamos bastante cansados tras el tren, el barco y los autobuses, así que nos fuimos a la cama pronto con la determinación de alquilar un coche al día siguiente, y dejar nuestra opinión sobre Salina a nuestra experiencia en días venideros…
Durante los tres días que estuvimos en Salina nos pateamos la isla de uno a otro extremo. Conocida como “la isla verde”, fue sin duda la escala con la naturaleza más excepcional de todo el viaje. En nuestro descapotable (una ventaja de ir fuera de temporada alta es que los precios son asequibles) nos movíamos de uno a otro pueblo, con constantes paradas para fotografiar las cercanas Alicudi y Filicudi, en un lado de la isla, y Panarea, Stromboli y Lipari, en el otro. De todos los pueblos de Salina, yo me quedo con Rinella. Este pequeño pueblo ha perdurado prácticamente inalterado frente al turismo, teniendo un enclave que aúna puerto, playa de fina arena negra y barrios de casas irregulares y abarrotadas. Aquí devoré un monstruo marino con deleite, dicho sea de paso. Pero sería injusto terminar mi repaso a Salina sin destacar Pollara.
Pequeña. Dispersa. Sin oferta. ¿Qué hacía especial Pollara?. Sus atardeceres. Todos los días bajábamos por una empinada escalera a la playa de roca de Pollara a ver, incrédulos, cómo los efectos de la luz jugueteaban con los perfiles de Alicudi y Filicudi y las ondas marinas, en un perfecto silencio. Si unimos la dulzura de la dueña en las cenas, no debe extrañar que recuerde con afecto aquellas horas de penumbra.
Alicudi y Filicudi vistas desde la playa de Pollara
El cuarto día en las islas Eolias fuimos a Stromboli. Pasamos de la isla verde, a la isla negra. Su volcán, aunque activo, no tiene la espectacularidad de antaño, y mucho menos la mostrada en la película (“Stromboli, terra di Dio”), que la señaló en los mapas. A diferencia de Salina, aquí sí se nota el efecto del turismo, y debo decir que me esperaba algo menos “moderno”. La oferta en Stromboli yo la reduzco a dos actividades: subir al cráter, o disfrutar de sus playas de arena negra. Nuestro hotel contaba con una bahía privada, y nos decidimos por el relax antes que por el senderismo. Fue una de esas noches especiales, con el faro del Strombolicchio al fondo. 
El faro de Strombolicchio
De vuelta a Milazzo, sufrimos una tortuosa travesía con retraso incluido por el efecto del Sirocco, invitado no deseado desde Palermo. Una de las paradas del barco fue la isla de Vulcano, que nos pareció salvaje y primitiva y nos hemos anotado para la próxima. Ya de vuelta en la isla de Sicilia, en Milazzo un nuevo compañero se nos unió a nuestras aventuras: el coche de alquiler. No sé si fue por casualidad o por suerte, pero lo cierto es que nos tocó uno magnífico, prácticamente nuevo. Tomamos la autopista para ir a nuestra siguiente parada: Taormina.
En Taormina pasamos un día y una noche, y la sensación de haber estado en “un pequeño Montecarlo” aún me dura. Me explico. Taormina está edificada en un acantilado extraordinariamente empinado que termina en una playa boscosa con un brazo de mar que remata en un islote protegido como parque natural (la Isola Bella). Esta peculiaridad la ha convertido en el destino siciliano preferido por el turismo de lujo, lo que ha alterado su forma de vida tradicional para acoger a los visitantes pudientes, e infinidad de hoteles y tiendas carísimas. 
Panorámica de la Isola Bella desde un mirador de Taormina
La antaño romana Taormina (fantástica la vista del Etna desde su anfiteatro grecorromano), posteriormente medieval Taormina (qué giardino tan precioso tiene a media altura del acantilado), ahora lujosa Taormina, conserva encanto para ser parada obligada, pero sigo dando gracias por haber encontrado la deliciosa y barata trattoria Rosticepi para conservar algún que otro euro, y por haber conocido a su camarera, destacada por su simpatía y amabilidad.
Glamour y lujo están bien para un rato, pero hay que pagarlo, así que a bordo de nuestro bólido nos dirigimos a nuestra siguiente parada: Catania. Catania es la segunda ciudad de Sicilia, detrás de Palermo, y mientras que Palermo es caótica, Catania es perfecta. Esto es así porque al estar muy cerca del volcán Etna ha sido destruida por completo varias veces por las erupciones, y algún que otro terremoto. Cada reconstrucción ha servido para mejorar la estructura urbanística, modernizarla, y dotarla de amplias avenidas y plazas. Salvando las distancias, me recordó un poco a Buenos Aires por su urbanismo racional y cómodo. La última destrucción fue a finales del siglo XVII, así que se conservan pocos vestigios anteriores al barroco. Pero madre mía qué barroco que tiene Catania.
Plaza de la catedral de Catania
 Limpia. Monumental. Cuidada. Durante los dos días que estuvimos en Catania nos sentimos como si estuviéramos “en una ciudad europea”, quiero decir, como si estuviéramos en el norte de Europa más que en el sur. Pero los parques, la universidad, la plaza de la catedral no nos dejaron olvidar que esto es Sicilia. Sólo hay que caminar por la vía Crociferi para encontrarse la que yo creo es la plaza con más iglesias del mundo, y los palacetes convertidos en edificios de viviendas para verificarlo. Pero nada supera a su mercado. 
El mercado diario es callejero, montándose al lado de la catedral. Las verduras son impresionantes (qué berenjenas!!!), pero en Palermo también las tenían, lo que más recuerdo son los pescados. Qué abundancia; qué variedad; qué deseos de cocinarlos y devorarlos, como el hambrón que soy. Y lo mejor es que en medio del mercado hay trattorías donde te preparan el pescado que se vende al lado. Allí condené a muerte gambas, salmonetes (triglie en italiano), peces espadas y atunes, señalándolos con el dedo al más puro estilo de emperador romano. Debo decir que a esta sensación contribuyó el hecho de que el saludo tradicional en Sicilia no sea “buon giorno” sino “salve”. Pasamos calor en Catania, es verdad (es la ciudad italiana con mayor número de horas de sol al año; y además el Sirocco seguía azotando nuestro viaje), pero si tuviera que vivir en Sicilia, sin duda, elegiría Catania.


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Pescados en Catania: antes y después
Con cierta pena y lamentando no haber podido entrar al teatro Massimo Bellini de Catania, pusimos rumbo a nuestra siguiente parada: Siracusa. Sólo estuvimos un día, pero el recuerdo de Catania se me borró inmediatamente. La península de Ortigia ha sido elegida, con razón, decorado de multitud de películas, ya que todas las casas son palacios barrocos. Bueno, o iglesias, que esto es Italia. La plaza de la catedral con forma de barco es sencillamente excepcional, aunque para tomar una foto decente hay que esquivar los toldos de los bares. El tamaño de la península permite pasearla íntegramente en un día, y descubrir sus rincones, sus plazas, sus vistas, sobre todo si el Sirocco te deja tranquilo, porque en Siracusa por fin dejó de acosarnos. No me extraña en absoluto que fuera un destino admirado por todas las civilizaciones que han pasado por Sicilia, aunque fueran los griegos quienes la dotaron de universalidad. Y es que Siracusa no está completa si no se pasea y se duerme en Ortigia, y se visita su teatro griego (uno de los más grandes del mundo), aunque haya que soportar el tráfico para ir de uno a otro sitio.
 Me pregunto muchas veces cómo es posible que los griegos fueran tan modernos al contemplar vestigios tan excepcionales y bien conservados como este teatro. Aunque la lujosa Taormina fue la primera parada con ruinas (lo que no deja de ser una ironía), pensé que las de Siracusa serían las mejores del viaje. Me equivocaba, pero aún no lo sabía.
Panorámica desde Ortigia
 Nuestra siguiente parada era Ragusa Ibla (3 noches), pero como de Siracusa a Ibla hay un trecho decidimos hacer el viaje más agradable parando en Noto. Al igual que Taormina y Stromboli, Noto sí ha sido alterado por el efecto del turismo, pero sus dos calles patrimonio Unesco siguen siendo bellas. Y largas; muy largas. Debo decir que lo que más me sorprendió es el tipo de piedra rosa clara con la que está edificado todo, lo que te deja la sensación de estar en un entorno luminoso y alegre. Para apreciar mejor la ciudad decidimos comer allí, y esperar que se marcharan los autobuses de turistas para hacer nuestras fotos de rigor; y así descubrimos los mejores granizados (granite) de todo el viaje, especialmente el de mandorla (almendra) y el de mora negra. Tras la comida llegó el siguiente turno de autobuses de turistas, momento que aprovecharnos para irnos. Cogimos el coche y salimos de nuevo a la carretera…
  
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…y aquí quisiera meter un inciso sobre el tráfico en Sicilia. No es que haya muchos coches, ni que los sicilianos conduzcan deprisa, pero es que por momentos parece la jungla: usan poco los intermitentes, aparcan sin maniobrar, salen sin mirar… si se me permite la broma, como dice mi amigo Paco, para hacerse una idea hay que imaginarse que todos los conductores de Madrid fueran taxistas. Ah, y juraría que las señales de tráfico no significan lo mismo. Finalizado este inciso, creo que queda más claro nuestro pánico cuando comprobamos que la autopista no llegaba a Ragusa Ibla, y que había que usar carreteras regionales. 
Ragusa Ibla al atardecer
Balcón de Ibla
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Tras perdernos dos veces, acertamos con la carretera y enfilamos hacia Ibla. Y entonces la vimos allí abajo, muy debajo de la altura del viaducto… Madre mía del amor hermoso qué bajada. Qué curvas. La carretera estaba en buen estado, pero tras tres kilómetros recordé la típica frase de mi infancia de “¿hemos llegado ya?”. 
--> Antonio, dueño del B&B, nos aconsejó dejar el coche en un aparcamiento a la entrada del pueblo, y nos trasladó junto con nuestras maletas a la casa. Allí nos explicó que para ver Ibla puede prescindirse del coche, las diferencias entre “Ragusa” y “Ragusa Ibla”, dónde comer (trattoría La Bettola; aún me acuerdo), y otras curiosidades, mientras un vecino cantaba por la ventana, unas mujeres conversaban en la calle y admirábamos Ibla incrédulos. Para entender nuestro asombro, hay que explicar que Ibla está íntegramente colgada de una montaña y que tiene un tamaño considerable. Como las casas colgantes de Cuenca, pero a lo bestia, con barrios enteros desafiando la caída, iglesias despuntando en el horizonte, y la mayor concentración de edificios patrimonio Unesco por metro cuadrado que he visto jamás. Y lo mejor es que está prácticamente inalterado; fue un pequeño viaje al pasado, donde la vida era más sencilla, las aficiones menos complejas, y las personas menos preocupadas por el tiempo. Si a esto le unimos que Ibla tiene más casas que personas, y que las familias que aún viven allí agrupan hasta cuatro generaciones en 50 metros cuadrados y te abren las puertas para hablar contigo, preguntarte de dónde vienes, enseñarte sus perros e invitarte a entrar, creo que queda claro por qué nos trajimos una sensación de autenticidad, y de melancolía, como sólo un pueblo que ha conocido tiempos mejores puede dejar. Un poco cansados a estas alturas del viaje, y algo temerosos de volver a salir por la carretera, decidimos pasar los tres días enteros en Ibla, perdonándonos la visita a Módica y Scicli que inicialmente pensábamos hacer; las vacaciones son para disfrutar e improvisar, no para conocer los sitios con el cronómetro en la mano.
 
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El viaje aún no había terminado, así que salimos de Ibla para continuar nuestra ruta. Antonio nos informó sobre qué carreteras tomar y cuáles no (menos mal), desviándonos para visitar la Villa del Casale en Piazza Armerina. Esta villa de época romana tardía prácticamente estaba sepultada, lo que la protegió de las inclemencias durante siglos; al ser excavada, para sorpresa de arqueólogos, se encontraron todos los mosaicos intactos, siendo posiblemente los mejores del mundo. Yo he visto muchos mosaicos a lo largo de mi vida, y este dato ya lo había leído, pero lo que no me esperaba era la dimensión de la Villa, ni el buen gusto de la reconstrucción.
Un mosaico de la Villa del Casale
-->  Toda la villa ha sido reedificada simulando las habitaciones originales, añadiendo una pasarela por donde los visitantes contemplan los mosaicos desde arriba. Nos llevó unas dos horas recorrerlo todo, hasta que la batería de la cámara de fotos dijo basta; y eso que no todas las estancias están aún abiertas al público, porque todavía hay salas en fase de acondicionamiento. Hasta nos hizo olvidar la carretera.
Un mosaico de la Villa del Casale
 Con una sonrisa de oreja a oreja, descansados tras la estancia en Ibla, continuamos hacia Sant'Angelo, a unos 50 kilómetros de Agrigento, nuestra siguiente parada por dos días. Antonio nos había dicho por dónde llegar, pero nos confundimos de salida y nos adentramos en las regionales. La sonrisa nos duró hasta la tercera vez que nos perdimos y el indicador de la gasolina empezó a parpadear, sin civilización a la vista. La medio recuperamos cuando nos orientamos y repostamos, pero con eso y todo llegamos tardísimo a Sant' Angelo. El dueño del alojamiento, Piero, nos recibió con simpatía tras contarle parte de nuestras desdichas automovilistas, y nos preparó unos deliciosos antipasti y la mejor pasta que he catado (con salsa de espárragos), tan abundante que apenas si pudimos devorarlo todo.
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Al día siguiente Filippo nos dio a elegir dos opciones: senderismo y naturaleza cerca de Sant'Angelo, o conocer la Scala dei Turchi y el Valle de los templos de Agrigento. Como nuestro retraso del día anterior sólo nos permitía escoger una, optamos por la segunda. La Scala dei Turchi es una roca caliza blanca inmensa situada en medio de una playa larguísima que une Porto Empedocle con Realmonte y prácticamente llega hasta Siculiana. Playa cómoda como pocas, la scala es una atracción peculiar porque sólo la visitan sicilianos, estando fuera de los itinerarios turísticos. Lo que no está fuera de estos itinerarios es el valle de los templos.
Scala dei Turchi
 Recuerdo que mis amigos me habían comentado antes del viaje que para ver ruinas griegas fuera a Sicilia, no a Grecia. En el valle de los templos lo entendí. El valle contiene las ruinas de hasta 26 templos distintos, teniendo dos prácticamente ilesos, otros dos en buen estado, y el resto vestigiales más que otra cosa, convirtiendo el conjunto en algo irrepetible. Me imaginaba que sería desértico y escarpado, pero no, es un camino acondicionado incluso para minusválidos rodeado de árboles y jardines. Nadie que visite Sicilia debe dejar de conocerlo. Tanto nos gustó que esperamos hasta la hora de cierre para apreciarlo tanto de día como iluminado por las luces de ambiente por la noche. La sonrisa en esta ocasión nos duró a pesar de volver a perdernos de vuelta a Sant' Angelo (en un pueblo del recorrido de vuelta había feria en la calle principal y nos desviamos no sabemos aún por dónde). 
Valle de los templos (Agrigento)
 Ya sólo nos quedaba la última escala de cuatro días en Paceco, cerca de Trapani. Teníamos dos rutas posibles para llegar: por el interior, con carreteras comarcales y pueblos alejados de las rutas turísticas (entre ellos aquel donde se rodó “Cinema Paradiso”), o por la carretera de la costa, que nos acercaba a otro emplazamiento de ruinas griegas: Selinunte. De camino a Selinunte anotamos que, si volvemos a Sicilia, debemos pasar una noche en la playa de Realmonte, parar en Siculiana (muy del estilo de Ibla, pero con mar) y quizá plantearnos conocer alguna de las ferias de Sciacca, porque aún a día de hoy considerados que esa zona la vimos de una forma muy superficial.
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Las ruinas griegas de Selinunte están situadas en medio de un páramo casi desértico, al ladito del mar, con un par de construcciones en buen estado y el resto sólo en forma de piedras. Debo confesar que me gustó más que el valle de los templos aunque es menos monumental; no sabría explicar por qué. Quizá porque su entorno es más salvaje y está menos reconstruido.
Selinunte
--> Selinunte es más grande en extensión que el valle, aunque no tiene tantos templos. A cambio puede contemplarse el mar rompiendo contra el acantilado. Sinceramente, no sé aún el motivo, pero me imaginé lo que había sido la urbe de Selinunte en época griega y en qué había quedado, azotada por el viento, y me invadió la nostalgia. Debe ser increíble dormir allí, o en algunas de las aldeas cercanas, como Marinella.
Siguiendo nuestra ruta hacia Trapani reencontramos la autopista; casi se nos cayeron las lágrimas de la emoción. Al llegar a nuestro último alojamiento, se nos cayeron del todo. Esta hacienda está situada en medio de un olivar a unos 20 kilómetros de Trapani, y sólo podría describirla como señorial. Una decoración exquisita, cómoda, tranquila, unos desayunos excepcionales, una vista de Erice magnífica… Qué gran lugar para terminar un viaje. Qué pereza para salir a conocer los alrededores durante los cuatro días; pero M. y A. nos convencieron.
De los sitios que visitamos esos días, destacaría Erice, San Vito lo Capo y la misma Trapani. Erice es un pueblo situado en lo alto de una montaña a escasos kilómetros de Trapani, pudiéndose llegar por carretera o por teleférico. Mitad conservado, mitad reconstruido, aunque su origen se remonta a los griegos (alguien me dijo que era donde iban los marineros al templo y al burdel) los españoles lo convirtieron en una ciudadela medieval, con su castillo, sus iglesias y sus calles enrevesadas. Lo malo que tiene es que es muy turístico, y todas sus tiendas están orientadas al visitante, con poco carácter. Merece la pena visitarlo a pesar de todo, porque es bonito, y por las magníficas vistas del mar, los pueblos costeros y las salinas de Trapani, si es que te respeta la nube que cubre totalmente Erice durante largas horas. Además, fue el único sitio donde pasamos frío (no tanto como para echar en falta el Sirocco). 
Salinas de Trapani vistas desde Erice (foto sin retocar: lo juro)

San Vito lo Capo es un pueblo situado en uno de los tres extremos de Sicilia famoso por sus playas, que son el límite natural de dos parques naturales. Nos comentaron que en temporada alta es casi imposible caminar por él, de lo abarrotado que se pone, pero cuando fuimos nosotros era de lo más agradable. La carretera de la costa para llegar, por cierto, es una delicia.
Por último, Trapani es una ciudad que a ratos me recordaba lo que había sido el viaje, porque es una península pequeñita (no tan bonita como Siracusa, pero igualmente preciosa), limpia y cuidada como Catania, barroca como Ibla, y con un tráfico como Palermo. Un resumen siciliano, vamos.
 Nuestro avión salía a última hora de la tarde, así que nuestro último día, algo cansados, algo tristes por el fin de las vacaciones, habíamos preparado un final muy especial: Segesta. De camino al aeropuerto, a metros de la autopista, Segesta es otra antigua ciudad griega construida en una montaña, pero con personalidad propia: en la parte alta, el foro está prácticamente destruido, a excepción de su anfiteatro, desde donde puede contemplarse la carretera. En la parte baja, el templo griego, por azares del destino, está completamente ileso, libre de expolio gracias a haber estado siempre alejado de los asentamientos que han colonizado Sicilia durante siglos; sin embargo, no está terminado, porque Segesta cayó en desgracia antes de finalizar su obra. Curiosa alegoría de lo que ha sido Sicilia, de lo que es, y de lo que puede ser. Allí, en medio de la más melancólica y romántica panorámica, dijimos adiós a nuestras vacaciones.
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Segesta a lo lejos, como está Sicilia de Madrid
-->Siempre espero unos días tras volver de mis viajes para hacer balance. Ahora que llevo un mes otra vez en Madrid, cada vez que pienso en Sicilia dos sentimientos contrastados resumen mis vacaciones. El primero es que yo no he visitado Sicilia, sino que la he vivido. Cuántas veces he ido a una ciudad de renombre turístico para encontrarme un parque temático dedicado al visitante sin ninguna seña ni identidad. Yo he paseado por callejuelas, he descubierto senderos, me he adaptado a sus costumbres, he comprado en sus mercados, he hecho rabiar italianos al hablarles de fútbol… ahora siento más aversión al tráfico y Madrid me parece que tiene una temperatura veraniega hasta fresca, pero eso no hace sino reforzar mi primera impresión: sólo puedes enfadarte con aquello que vives.
El segundo sentimiento es mucho más profundo, y es una sensación de ausencia. En efecto, me ha faltado conocer Caltagirone, Enna, Módica… ver las ferias de Sciacca; navegar por las islas Égades; perderme en Vulcano. Echo en falta levantarme en Palermo y dormir en Salina; sentirme rico en Trapani y pobre en Taormina; comer pescado en Catania y beber granite en Noto; bajar a la playa de Realmonte y subir por Ragusa Ibla; añorar Selinunte, y admirar Siracusa; perderme entre ruinas y encontrarme en las playas. Y otro helado más de avellana.
Algo me he traído de Sicilia que me gustaría repetir, pero por aquí no lo encuentro. Ahora soy yo quien recomienda la isla a todo el que me pregunta, porque, indudablemente, Sicilia ahora me faltas. (Raul).

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3 comentarios:

  1. Begoña5:57 p. m.

    Fantástico post, gracias. Estamos pensando ir a Sicilia todo el mes de mayo y nos sirven mucho tus impresiones. En principio la idea era alquilar una casa todo el mes y movernos desde ahí, pero no lo tenemos claro. Gracias de nuevo por el excelente post.

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  2. Excelente!! Gracias! tengo planeado mi primer viaje a Europa para Septiembre-Octubre, llego a España a lo de una amiga y toda mi gente pensaba que iba querer conocer Paris... Londres... y yo lo único que tengo decidido hasta el momento es que quiero al menos una semana en Sicilia, y la Sicilia que vos contaste es la que quiero ver! GRaciasss!!!

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  3. gracias miriam....si quieres un viaje similar contactanos a info(arroba)shinesicily.com

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