martes, 29 de noviembre de 2016

Sicilia: quince bodas y dos funerales…

boda en Catania
…sí, porque en los quince días que van del 25 de agosto al 8 de septiembre del 2016 pudimos ver una boda cada día. En nuestro viaje a Sicilia llegó a convertirse en un pequeño “divertimento” pensar en qué momento y lugar veríamos la boda del día. Aunque necesitamos recorrer 2.682 km y más de 60 poblaciones para ver esas 15 bodas, sólo en una de ellas, Randazzo, fue donde vimos los dos funerales. Así pues, la primera impresión es que la gente se casa en Sicilia, al menos se casa más que en otras partes. Una boda en Sicilia es un acontecimiento. Y es que, en Sicilia, la familia tiene un significado muy especial. Y, si la cantidad de bodas nos sorprendió, ya no digamos los funerales. Pudimos ver un funeral en la visita de una de esas iglesias negras de Randazzo y otra recorriendo sus calles, lo que supuso un auténtico problema para salir de la población. Ataúd al hombro, vítores y volteo de éste en casi cada cruce de calles. Todo un espectáculo. Y es que el tratamiento de la muerte, o traspaso al otro mundo, no deja de ser peculiar en Sicilia, no hay más que ver las esquelas cual anuncios publicitarios en las fachadas de las casas. 
 La segunda impresión es que, en Sicilia, se come muy bien. Pero bien, bien. Y no por la pasta, de sobras conocida, sino por su gastronomía influenciada por todo el arco mediterráneo y por sus materias primas. Pescado, marisco, “couscous”, aceite, vino, “la cassata”, “i cannoli”, “la caponata” y, eso sí, mucha berenjena. Y puestos a recomendar, no hay que perderse un ágape en la “Antica Marina” justo en el mercado de pescado de Catania. Imprescindible.
Nuestra entrada a Sicilia fue por el aeropuerto de Palermo-Punta Raisi (localmente conocido como Aeropuerto Falcone-Borselino). Llegada a las 8:25. Recogida de vehículo de alquiler tras desplazarse en una lanzadera que te acerca a las compañías de RentCar. Y, como Palermo bien vale un día de visita (como mínimo), estrenamos vehículo conduciendo por las carreteras de Sicilia a compartir con los conductores sicilianos (porque, ¡cómo se conduce en Sicília!). Para aprovechar el día antes de llegar a nuestro primer alojamiento decidimos visitar Monreale y Segesta. Potente comienzo, sí. Pero valió la pena. Inmersión siciliana sin tomar aire. Esto es Sicilia. 
El siguiente día, el primer día completo en Sicilia decidimos dedicarnos a Palermo. Tras las inevitables visitas a Chiesa de Gesú, Martorama, Capilla Palatina, Palacio Normando, Catedral, Quattro Canti y otros recomendados habituales de las guías sicilianas de indiscutible valor, dimos con el Oratorio de San Lorenzo. No está autorizado hacer fotos, aunque se pueden ver algunas por Internet. Es una maravilla del maestro del estuco. Contiene una copia de una obra de Caravaggio que fue sustraída y se desconoce su paradero. Hicimos la visita en solitario y gozamos de una explicación privada por parte de su guía autorizada. Quedamos encantados al conocer el motivo, uso y finalidad de este tipo construcciones entre laicas y religiosas promovidas por los gremios dominantes de la ciudad. Es una visita ineludible. No visitarla es como ir a Nápoles y no ver el “Cristo velato”. 

 Los primeros días nos movimos por la provincia de Trapani. Imprescindible degustar los vinos de Marsala. Espectaculares vistas de la costa en San Vito lo Capo. Visita turística obligatoria en Erice, con su acceso en telecabina y espectaculares vistas sobre la población de Trapani y sus Salinas. Muy recomendable el santuario de l’Annunziata en Trapani, con sus capillas de pescadores y marinos. Nos sorprendió la cantidad de gente que acudía al oficio. Sin duda podemos decir que los sicilianos son muy practicantes. Bello puerto, con su castillo normando en una pequeña isla en frente, y vista de la fachada litoral que recuerda los pueblos tunecinos de una belleza sosegada. 

Sicilia fue en su momento griega y hay quien dice que si quieres ver monumentos griegos has de ir a Sicilia y no a Grecia. Quizás es una exageración, pero motivos hay para ello. Basta visitar Segesta, Selinunte, Agrigento o Siracusa. Quien se precie de haber visitado Sicilia no puede dejar de contemplar estas maravillas. Especial interés ofrece el museo arqueológico de Siracusa. De reciente construcción, y justo en frente de la iglesia denominada “la lágrima” de gusto muy discutido, pero sin duda singular, se halla este edificio dedicado a los hallazgos arqueológicos de toda la isla. La distribución, la exposición y las piezas son extraordinarias. Una manera muy inteligente de llegar a todos los públicos. 
Siracusa también fue romana, o romana sobre griega. Pero si algo romano hay que ver en Sicilia es la Villa romana de Casale. Si hay poca disponibilidad de tiempo para visitar Sicilia, Villa Casale, a tres kilómetros de la población barroca de Piazza Armerina, ha de ser una de las visitas imprescindibles. No se la pierdan. Y si quieren poner una cereza en este pastel háganse acompañar por el guía turístico Dino Cutitta. Curiosamente habla un catalán perfecto (y también castellano). El por qué, no tiene precio. Atrévanse a preguntárselo. 
Los vestigios árabes son indiscutiblemente visibles en la zona de Trapani. La fachada litoral de Trapani, si obviamos su castillo normando, recuerda las poblaciones pesqueras tunecinas y el “couscous”, tan típico del norte de África, parece inventado aquí. 

Para visitar la Sicilia normanda no hay que alejarse demasiado de la costa. En esto recuerda a la época dorada portuguesa en que los lusitanos llenaron de torres las costas de África y Asia. Lo mismo se podría decir de los asentamientos normandos en Sicilia. Una gran parte de ellos se pueden localizar en la línea de la costa. Podemos encontrar buenos ejemplos en el palacio normando de Palermo o en el encantador Aci Castello. Sin duda su romanticismo dotó a sus construcciones de un misticismo propio de las óperas, de las óperas italianas, naturalmente. El carácter isleño hace que encontremos fortalezas normandas también en el interior, pero siempre sobre riscos dominando el paisaje. Un buen ejemplo de ello se puede ver en Enna. 
Antes de llegar al Barroco, porque Sicilia es, ante todo, barroca no hay que dejar pasar la herencia mestiza. Se pueden encontrar pequeñas joyas como la Chiesa Della Santísima Annunziata dei Catalani, de estilo árabe-normando, en Messina, o el estilo gótico catalán tardío en una capilla de la Chiesa di Santa Maria delle Scale, de Ragusa, donde no sería extraño ver al comisario Montalbano ascender por las escaleras exteriores con un fondo de cámara, Ragusa Ibla, realmente espectacular.
Ragusa Ibla
 Sicilia es especialmente barroca, sobretodo en la zona del Sureste. Tras el terremoto de 1693 se reconstruyeron ciudades bajo el estilo dominante que han llevado a declarar Patrimonio de la Humanidad a ciudades como Noto, Módica y Ragusa. Aunque quizás podamos ver más autenticidad en poblaciones cercanas a estas. Sobretodo Scicli donde en el Ayuntamiento se puede reconocer la Comisaria de Montalbano. 
típicos balcones barrocos del sureste
 La serie televisiva del Comisario Montalbano, basada en las novelas policíacas de Andrea Camilleri, ha dado una vida económica a esa zona de Sicilia. No se puede evitar pasar uno o dos días rememorando episodios en Punta Secca (Casa de Montalbano y restaurante de Enzo), Scicli, Ragusa o en el castillo de Donnafugata (Residencia de los Sinagra) donde, por cierto, el actor Lucca Zingaretti se desposó. Hace unos años la zona ni aparecía en las rutas turísticas, ahora es imprescindible. 
Para moverse por la zona en coche se circula por carreteras rurales donde el muro seco, esto es piedra sobre piedra sin argamasa ni nada, no se pierde de vista. Esto da idea de la reserva de la propiedad que se manifiesta en todo el territorio. No es difícil ver casas palaciegas en medio de una gran finca rural con nombres femeninos (Villa Anna, Villa Margarherita, etc.). 
El centro histórico de Catania nos pareció un poco abandonado, a pesar de que se las tiene con Palermo para competir como centro económico. Pudimos entrar en la Universidad, con tanta libertad que hubiéramos podido tomar un refrigerio gratuitamente en una “party” o conversar con cualquier catedrático en su propio despacho. 

En uno de los desplazamientos entre población y población pudimos saborear el mejor café que hemos probado nunca. Habíamos tomado un desvío y, creyendo haber errado el camino, dimos media vuelta. Encontramos una gasolinera medio en obras con área de servicio, mitad bar mitad colmado de “ultramarinos”. No pusimos gasolina, pero decidimos tomar algo líquido. Agua y café. Al pedir el café el camarero nos dijo: “caldo o freddo?”. No era nuestra intención, pero decidimos pedirlo freddo (frio). De una botella con tapón de goma y “clip”, muy “retro” pero que allí no era “retro”, que estaba en el arcón refrigerador nos sirvió dos vasos. Estaba absolutamente delicioso. El café en Sicilia es extraordinario, extraordinario. Es marca de identidad. Si en Italia el café es muy bueno, en Sicilia es superlativo. 
Hasta ahora hemos hablado de bodas, comida, vinos, barroco y café. Todo creado por la obra y gracia del hombre. Pero también hay una Sicilia natural, divina si se quiere, encarnada por el Etna. El volcán Etna. La fragua de Vulcano. Llegamos a nuestro último alojamiento para este viaje, al atardecer del 5 de septiembre. Nos pareció el alojamiento más sofisticado de los programados en nuestro viaje y nos ofreció la posibilidad de un impagable baño en su piscina de diseño que no desaprovechamos a pesar de la hora baja. Justo al salir de la piscina nos percatamos de la visión tan espectacular que se nos ofrecía. El cielo de un azul pulcro. El Etna exhalaba una pequeña humareda, la justa para difractar la luz solar que se ocultaba por occidente. La pequeña “aurora boreal rojiza” que se formó nos ofreció todo un espectáculo. Tuve la tentación de ir a buscar la cámara, pero no pude retirar los ojos de la cumbre y desistí. Hice bien. El efecto apenas duró 5 minutos, los que hubiera utilizado para ir a la habitación a buscar la cámara fotográfica. Fue una gran decisión a pesar de la renuncia a inmortalizar el momento. No nos hará falta la foto. El Etna nos daba la bienvenida. Dos días después lo visitábamos de la mano de Carmelo, otro colaborador de Trinakia impagable. Pudimos ver volcanes fuera de cierta masificación. Aunque la visita vale la pena aunque sea sólo por conocer al Carmelo. Atreveros a cuestionarle el Cambio Climático. 

nuestro último alojamiento
Desde aquí visitamos Taormina y Messina. Curiosamente nos impresionó más Messina que Taormina. Quizá la fama de Taormina es un poco exagerada. Vale la pena visitarla, sí. Se halla situada en un enclave exclusivo. Tiene un teatro extraordinariamente bien ubicado con vistas al Etna. Y se pude pasear por la calle principal con unas tiendas de lujo aptas para pocas carteras. Se ha convertido en el centro turístico de Sicilia por excelencia. Pero, para nosotros, no es la Sicilia que se ha de conocer. Probablemente Taormina ha muerto de éxito. En cambio Messina, a la que llegamos casi sin desearlo, nos sorprendió muy gratamente. Ciudad portuaria. Limpia. Monumentos exquisitos. Urbanización ordenada. Todo un ejemplo de la nueva Sicilia. También vale la pena visitarla, aunque no sea prioritaria en ciertas guías. Toda una grata sorpresa para nosotros. 
Salimos de Sicilia bien temprano por el aeropuerto de Catania. Salimos sin tristezas y con la satisfacción de haber hecho una buena cata de Sicilia. Repasamos imágenes griegas, romanas, musulmanas, normandas, catalano-aragonesas, españolas, francesas, barrocas, borbonas, lampedusianas, garibaldinas y montalbanas. Y, sobre todo, con la maleta llena de conversaciones con Antonio, Luca, Dino y Carmelo. Todo un lujo, toda una experiencia. Pero… 
…sí, pero. Pero llegas a Barcelona. Deshaces maletas. Haces unas cuantas lavadoras. Comes, o cenas, no lo recuerdo. Descansas un poco o te pones delante de la televisión gastando sofá y tienes la sensación de no haber estado de viaje, porque Sicilia es como estar en casa. Sicilia forma parte de nuestra cultura. O nosotros formamos parte de la cultura siciliana. Vete a saber… Al siguiente lunes envié un correo electrónico a Boris de Trinakia. En él le daba las gracias por todo y le pedía el favor de gestionar la única multa que nos habían puesto en Sicilia. Concretamente en Scicli, en una calle muy “Montalbana”. No sabía ni a quien reclamar ni como pagarla. Boris, al poco tiempo me solucionó el problema eficientemente y Giovanni me pidió que hiciera un pequeño relato sobre nuestro viaje. Este relato. 
No es sino por María Dolores que me animó a hacerlo. Ella me recordó que, sobretodo, hablara de la luz de Trapani y sus puestas de sol. Los mosaicos. Los molinos de las salinas de Trapani. La puerta Garibaldi de Marsala. Aquellas cenas en los agroturismos. La Scala dei Turchi. Los balcones barrocos. Los ciempiés después de una tormentosa noche. El baño al atardecer en Santa Maria de Forcallo. Los leones de Donnafugata. La Oreja de Dionisio. El cuadro de Santa Lucia de Caravaggio. El teatro Bellini de Catania. Las rocas de Acireale. La chiesa SS. Annunziata dei Catalani. Y de los sicilianos… Pues ahí queda. Aunque me queda la duda de si, realmente, sólo vimos quince bodas…

salinas de Trapani
Trapani
Articulo escrito por J.J.G.C.
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